Creo que pocas veces he llegado tan descreída a una serie como con la tercera temporada de Narcos. Hablamos de un trabajo donde todas las tramas convergían y cuyas dos primeras temporadas se centraban en un personaje magnético a todos los niveles: el capo del cartel de Medellín Pablo Escobar, con cuya muerte finaliza la segunda temporada. Entonces, ¿qué de nuevo y original podría ofrecernos Netflix que no fuera lo obvio para alargar una franquicia de éxito indiscutible en todo el mundo?

El comienzo de esta nueva temporada, compuesta de diez capítulos como las anteriores, intenta situarnos en un nuevo contexto tras la caída de Escobar. El Cartel de Cali, la organización criminal liderada por los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez, Pacho Herrera y El Chepe, controlan ya, sin oposición alguna, el 80% del tráfico mundial de la cocaína y está profundamente infiltrado en todas las capas de la sociedad colombiana. Gilberto, además, tiene un plan secreto (no muy bien recibido por todos) por el que el que los “padrinos” se entregarán a las autoridades en el plazo de seis meses, con una condena mínima, manteniendo todos sus negocios y propiedades. Durante este tiempo, aprovecharán para multiplicar sus ganancias.

Precisamente, este necesario prólogo, en el que cuesta adentrarse a pesar de la ayuda de la narración en off del agente Peña, supone el primer obstáculo que el seguidor de la “franquicia” creada en el 2015 por Carlo Bernard, Chris Brancato y Doug Miro, debe superar para poder disfrutar de la nueva andadura.

Paradójicamente, lo mejor de esta temporada de la serie de Neftlix, ha sido “explotar” esa limitación, la ausencia de un “eje central”, Escobar, para crear en su lugar, un enorme y enrevesado puzle de personajes y tramas “menores” que encajan perfectamente en la principal de una forma eficaz y solvente. Por decirlo mediante un “guiño seriéfilo”, la tercera de Narcos sería más The Wire, con un reparto coral de pequeños pero muy bien perfilados personajes, en oposición a las dos primeras, claramente Los Soprano, donde todo pivota sobre un carismático protagonista.

En ese reparto coral que señalábamos destacarían, principalmente, dos personajes: el agente Peña y Jorge Salcedo. El agente de la DEA es el nexo necesario para que no rompamos del todo con las anteriores temporadas. Pedro Pascal nos regala una interpretación contenida, dando vida a un personaje introvertido y tenaz, casi quijotesco, pero también con sombras, luchando batallas que, solo al final, sabrá perdidas de antemano. El segundo es, sin duda, el rol clave de este año. Por la mirada de Jorge Salcedo, que no es otra que la del actor Matías Varela, siempre en estado de alerta, alcanzaremos a ver el verdadero rostro de la mafia, la violencia explícita, lejos de los negocios que los encubren. Un personaje siempre en el filo del abismo.

Y en el terreno de lo mejorable, esa tendencia a la excesiva teatralización “tipo culebrón” estirando ciertas situaciones para hacerlas más atractivas como ficción, cuando el relato crudo no lo hubiera necesitado. También, la sensación de que algunos personajes se han quedado a medias, como el interpretado por Javier Cámara, o el de los personajes femeninos que requerían, a mi juicio, menos maniqueísmo y más profundidad.

Sin embargo, si la duda general es si Narcos sobreviviría a Escobar, la respuesta es sí. Y lo hace de una forma tan notable como adictiva. Mucho. Se adivina en el horizonte México y nuevos gigantes contra los que luchar.

Por Vienna Guitar
@Viennalua