En 2003, un principiante Tommy Wiseau se aventuró con la realización de su ansiada película: The Room. El enigmático personaje, que haría a la vez de director, actor, productor y guionista, dio a luz esta película que habla sobre un triángulo amoroso desde la perspectiva de un drama. Hasta aquí todo normal. Sin embargo, tras los primeros visionados la crítica se ensañó con ella cruelmente. La BBC la catalogó de “terriblemente mala” y el redactor de IMDB tituló que “es peor que recibir un hachazo en la cabeza”. La web Rotten Tomatoes la calificó con un deplorable 32% en su barómetro y desde la prensa francesa la etiquetaron como el anticine. Catorce años más tarde, The Disaster Artist (2017), película que narra el proceso de creación de The Room, ha recibido multitud de elogios de crítica y público además de hacerse con la importante Concha de Oro del pasado Festival de Cine de San Sebastián.

El film de Tommy Wiseau es el último fenómeno que ha dado el conocido como cine trash (basura, en inglés), una corriente cinematográfica en auge que recupera y da a conocer cintas marginales gracias a la capacidad de difusión de Internet. Y es que esta globalización de la cultura que la Red ha traído consigo ha popularizado un fenómeno que nació en la década de los 30 (Jacques Tourneur), que tuvo sus momentos álgidos entre los años 60 y 80, y que se ha caracterizado por tener bajos presupuestos y una distribución y exhibición casi nulos, generalmente localizada en el mercado videográfico.

Conocido también como cine de Serie B en la época dorada de Hollywood (por la segunda letra del abecedario pasaron grandes como Gordon Douglas o Russ Meyer) repudiado por el público y menospreciado por la crítica, el cine trash tiene el componente añadido e insólito de que gusta a sus actuales descubridores internautas por lo malo que resulta ser: Monster movies, mutaciones genéticas, invasiones alienígenas, cine gore y mockbusters (imitaciones de blockbusters, como Allan Quatermain, la copia infame de Indiana Jones) son parte del oscuro universo de estas producciones que, por aberrantes, algunas llegan a ser “brillantes”. Sus tramas -que a veces no tienen intención alguna de resultar cómicas- levantan pasiones e invitan a carcajearse como si de la mejor de las comedias se tratase; este es, por tanto, el gran triunfo del cine trash por el que personajes como Tommy Wiseau se han convertido en unas celebridades: sus películas gozan de un humor involuntario, haciendo reír sin pretenderlo.

Como en todo género, hay niveles, existiendo mejores y peores películas dentro de este mismo fenómeno. Obras que son solo flor de un día y otras que el transcurso del tiempo no ha hecho mella en su frescura, también directores más o menos venerados. El trash tiene sus propios Fellini, Godard o Kubrick, aunque estos sean únicamente conocidos en este submundo. Muchos de ellos empezaron siendo ayudantes de grandes maestros del cine contemporáneo como James Cameron John Carpenter, aunque la incapacidad de sucederles en el puesto y su intento de ganarse el respeto de la industria los ha llevado, paradójicamente, a ser aplaudidos y admirados dentro del género Z. Tal es el caso de Ted Nicolaou (El amo del calabozo, TerrorVisión) o Fred Olen Ry (Sniper: Special Ops, Espidora), aunque un ejemplo de lo más curioso es la figura de David DeCoteau, quien empezó en la industria de Hollywood como asistente de producción de Roger Corman (Oscar honorífico 2009), posteriormente se dedicó a realizar las labores de dirección de diversas películas pertenecientes al género pornográfico y acabó siendo un prolífico director de cine trash. Entre sus trabajos se encuentran cosas como La venganza de los muñecos 2 (Puppet Master II, 1991), Frankenstein & the Werewolf Reborn! (2005) o Knock ‘em Dead (2014), de entre casi 140 películas dirigidas. En España, algunos de los exponentes de esta filosofía fílmica fueron Antonio Aguilar (Pánico en el distrito 18, 1975) o Alfonso Bálcazar (Dinamita Jim, 1966)

Actualmente, gracias a The Room o la cadena Syfy, que apuesta por películas como Sharknado (2013) o Atlantic Rim (2013), el trash vive una segunda juventud. Su audiencia continua siendo ínfima, pero es cierto que la difusión ha aumentado gracias al apoyo de las Redes Sociales. Resulta inevitable preguntarse: ¿es posible disfrutar de un film que falla estrepitosamente en todos sus aspectos técnicos, narrativos e interpretativos?. Los enamorados de este arte responderán, sin lugar a dudas, que sí. Visto lo visto, esta corriente, que se ha convertido en un fenómeno (más bien doméstico) de masas, sigue creciendo y generando adeptos atraídos por el irresistible atractivo de lo nefasto.

Por Quim Ríos