Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.

Hannah Arendt

 

El neonazismo como fenómeno social no es algo contemporáneo. Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, durante los juicios de Núremberg, el proceso de Eichmann o incluso durante la Caída del Muro de Berlín, la aparición de grupúsculos de corte nacionalsocialista, o como lo llaman ahora los medios, de extrema derecha, se ha dado de una forma repetitiva, descarada y pública, dejando espacio a un caldo de cultivo de lo más excitante para la imaginación de los guionistas del Séptimo Arte.

Los argumentos no suelen ser de lo más original: suelen presentarnos a personajes que caen en las redes de los intereses creados de cobardes influyentes y de poder económico, que los manejan para sus tenebrosos propósitos. Es decir, solemos encontrarnos perfiles determinados por el entorno, que después de enfrentarse a la miseria moral y a la violencia física de sus acólitos, decide redimirse y pasar página en favor de la tolerancia y la igualdad. Aunque casi siempre pagando un precio muy alto.

El filme más reconocible dentro de la temática del neonazismo es American History X (1998), una buena película, icónica para muchos, en la que un carismático e inteligente skinhead decide cambiar de vida después de saberse manipulado en el pasado para cometer los actos más atroces en nombre de la supremacía blanca y las cruces gamadas. Con un Edward Norton superlativo en el papel de Derek Vinyard, y un Edward Furlong como su joven e influenciable hermano, la película de Tony Kaye deja momentos imborrables para la memoria, así como una narración un tanto irregular, pero para una generación que veía como sus calles se iban adornando con cabezas rapadas, botas militares y chaquetas Harrington, esta película es prácticamente un clásico.

© Seven Arts Pictures

Fotograma del film ‘The Believer’ © Seven Arts Pictures

A rebufo de American… llegó The Believer (2001), con el gancho magnético del “basada en hechos reales”. Resulta que el inverosímil argumento de judío convertido en nazi de prestigio en los Estados Unidos era cierta, y nos ayudó a descubrir que llegaba un actor de gesto ambiguo que se iba a convertir en uno de los más destacados de su generación. Y es que el filme se sostiene gracias a la fuerza que imprime Ryan Gosling a su personaje, y un planteamiento que comienza hipnotizando, pero que termina en un ridículo de vergüenza ajena.

No hace tanto hemos podido ver Green room (2015), donde la ideología nazi era ejercida por un grupo de punkies comandado por Patrick “Profesor Xavier” Stewart. Una película correcta que no termina de arrancar ante una premisa más atractiva que innovadora.

En España el fenómeno skin tuvo su punto álgido a principios de la década de los 90, en un cóctel al que contribuyeron el desgaste socialista, la toma de conciencia de una generación nacida enteramente en la libertad democrática, así como la desinformación y manipulación de algunos medios y estamentos nostálgicos y dañinos. En este ambiente rueda Carlos Saura Taxi (1996), un violento filme que descubre a una talentosa Ingrid Rubio, a un mediocre Carlos Fuentes, y una terna de secundarios encabezada por Ángel de Andrés que asustaría al miedo en una desfile de antorchas.

© Filmart / TVE / TF1

© Filmart / TVE / TF1

Más recientemente hemos podido ver la competente Alacrán enamorado (2013), seguramente basada en los recuerdos de alguien que sufrió aquella ola durante los 90, como es Santiago Zannou. De nuevo la película comete los mismos pecados que sus predecesoras: argumento previsible, roles estereotipados, y un maniqueísmo extremo en la que la gama de grises desaparece, como si el mero hecho de hablar de actitudes totalitarias incline a sus autores a ver solo una gama de negros y blancos.

Digamos que casi cada país cuenta con su propia producción centrada en ambientes violentos de la extrema derecha: Heart of Lion (2013) en Finlandia, Los herederos de la cruz gamada (Die Erben, 1983) en Austria, la serie inglesa Made in England, que habla de la violencia en grupos de corte racista más allá de la peligrosa tentación de declarar neonazis a todos los hooligans del fútbol. Incluso hay espacio para la comedia, como nos muestra la danesa Las manzanas de Adam (Adams æbler, 2005).

Sin embargo el neonazismo no es algo anclado en el pasado, un fenómeno, una moda. La crisis de los refugiados, el Brexit, la victoria de Donald Trump, o el ascenso en Europa de los partidos de extrema derecha, sirven de base y escudo para el despegue de los violentos. En este clima llega Imperium (2016), la enésima crítica a los grupúsculos proselitistas de la supremacía blanca, que desgraciadamente, y ante la pasividad de Occidente, están volviendo. Y con fuerza.

Por J.M.C
@Jatovader