Podría parecer que al realizador madrileño Adrián Orr no le parecía suficientemente contundente un título como Niñato para su ópera prima. Quería dejar clara la condición del protagonista a ojos de la sociedad desde el minuto uno: un joven manteniendo una conversación de jóvenes, con inquietudes y aficiones propias de cualquier chaval y una indumentaria acorde a su edad; que si rap, que si metro, que si grabar una maqueta… pero entonces se quita el gorro y, ¡un momento!. Su avanzada alopecia nos hace pensar que no tiene la edad que nos creíamos en principio. Nuestros prejuicios, basados en las directrices culturales que cimientan nuestra sociedad, nos han jugado la mala pasada a la que acostumbran, haciéndonos ver a un chaval donde realmente hay un padre de familia que, eso sí, cría a su hija y sus sobrinos alentado por un sueño de adolescencia que permanece intacto.

Así se abre Niñato, el largometraje que el año pasado se alzó con el premio a Mejor película en el prestigioso Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI). En él podemos encontrar algunas escenas que formaban parte del cortometraje Buenos días, resistencia (2013), también de Adrián Orr, germen de este nuevo proyecto que marcó la línea a seguir y su premisa principal: retratar la crisis económica desde el interior de una familia de clase media, desenfocando un entorno que, aunque es Madrid, bien podría ser cualquier otro sitio, ya que lo realmente importante no es el “todo” sino las consecuencias de éste en el íntimo entorno de la “parte”.

Con este objetivo en mente, el director opta por una imparcialidad descriptiva absoluta que no solo nos regala escenas de una verdad y una familiaridad con las que es imposible no conectar, sino que además nos da la libertad de juzgar por nosotros mismos si el AKA (nombre artístico) que ha escogido David, Niñato, hace justicia a la realidad o si es simplemente una manera de reivindicar la rebeldía hacia el sistema que se le supone a cualquier rapero. En ese aspecto, Orr es lo suficientemente valiente como para mostrar, además de las evidentes cualidades, las debilidades de su protagonista: un padre de familia soltero y desempleado al que su madre sigue lavando la ropa y que prefiere fumarse un porro viendo una película que buscar un trabajo que supone que no le va a llenar interiormente. A él lo que le llena es el rap, y esta disciplina artística guía sus pasos en todos los aspectos de su vida, tanto es así que funciona como punto de unión y tregua entre él y el más rebelde de los niños que tiene a su cargo, Oro, un chico cuya arrolladora personalidad e innegables dotes interpretativas son, precisamente, puro oro.

Este rechazo a manipular el más mínimo ápice de la realidad de la entrañable familia se traduce en un gesto que tiene muy poco de cine convencional pero mucho de vida real: la ausencia de subrayado de información que está ahí para quien quiera intuirla pero no para quien pretenda escucharla. Así, por qué acaban los niños bajo la tutela de David, qué relación tienen realmente con él (un servidor lo sabe porque ha leído entrevistas al director), quién es el padre de sus sobrinos, el rol de la hermana en la familia, la distribución de la casa, el papel de la exmujer de Niñato… muchos datos no se nos explican porque el realizador busca inmortalizar el más cotidiano día a día, y esas cosas no se comentan gratuitamente a no ser que haya un público interesado en escucharlas, y, recordemos, para este trabajo no hay público, sino verdad. Esta decisión formal hace que Adrián Orr pueda presumir, no ya de haber grabado este documental a lo largo de cinco años, sino de no desvelar de manera explícita semejante hazaña en ningún momento del film (al fin y al cabo, la vida no tiene rótulos).

En lugar de eso, el director opta por la herramienta discursiva más poderosa de toda la película, que no es otra que mostrar el paso de los años a través únicamente del crecimiento personal y físico de los niños, los cuales maduran manifiestamente frente a nuestros ojos. Más concretamente, es la evolución de Oro –por ser un chico como lo fue Niñato y por su rebeldía- la que toma el cineasta madrileño como piedra angular de un discurso que venía anunciándose desde el momento en el que escuchamos el tajante título de la película: la contraposición entre un niño que aprende a madurar, que acaba el film siendo una persona completamente diferente al crío que empezó siendo, que se vuelve más responsable aunque menos alegre, y su tío y tutor, a quien el paso del tiempo no afecta ni consigue arrebatar sus sueños por mucho que a cada minuto parezcan estar más lejos de hacerse realidad.

Lo mejor: La verdad y familiaridad que trasmiten las escenas de los “hermanos” haciendo cosas juntos.

Lo peor: El tema, el contexto y la premisa están bastante manidos.

Por Martín Escolar-Sanz