Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún otro sitio del mundo

Son las palabras de Lorca que esta pieza documental utiliza como si de una premonición del escritor se tratara, ¿o quizá era una preparación de cara a su final? Esta, entre otras muchas, fue una de las crueles líneas que el granadino nos dejó justo antes de convertirse en uno de ellos. Uno más entre las decenas de miles de ciudadanos sepultados bajo tierra en lugares aún desconocidos. Su voz, la de los muertos, desaparecidos y represaliados que quedaron desamparados por la amnistía firmada como vía de escape hacia una democracia tan añorada -como necesaria-, siempre ha tenido un eco en parte de la sociedad española, a pesar de que pocas veces ha sido escuchada. Fue precisamente esta falta de diálogo formal, consciente e institucional para hacer frente a la (por muchos) temida memoria histórica lo que más sorprendió a Andrea Weiss tras su estancia en la península. Por ello, la directora estadounidense firma este documental recogiendo el testigo de tantos extranjeros que han utilizado sus herramientas artísticas para poner luz sobre la Historia Española. Resulta imposible no hacer un pequeño inciso en este punto para recordar el que muchos consideramos como el relato cinematográfico de la época por excelencia. Dirigido por el británico Ken Loach: la maravillosa Tierra y libertad (Land and Freedom, 1995).

Pasión, poesía, recuerdo y libertad destacan en el contenido de un documental con mayor repercusión y distribución fuera que dentro de nuestras fronteras. En él, y siguiendo las pautas de una dirección demasiado escueta, sin espacio para el deleite, las palabras de Lorca recorren senderos del recuerdo para acompañar a los testimonios del colectivo LGTBI acerca de los años de represión y persecución durante la dictadura, así como su difícil liberación frente a la sociedad tras la llegada de la democracia. Sorprende la crudeza de algunas imágenes e historias en primera persona; mas el documento queda lastrado por cierta reiteración de ideas por parte de una narración plomiza, así como el descuido del montaje al confundir la naturalidad de las conversaciones casi informales con la rigurosidad periodística que requiere un documento de esta naturaleza.

El carácter artesanal del que Weiss impregna deliberadamente el resultado es evidente. Como también lo es su idea de incomodar a un sector de la sociedad que pueda identificar la necesidad de recordar como una ofensa. De hecho, la directora no tiene miedo de afilar su lanza ideológica destacando claras reivindicaciones, aunque ello implique desmerecer otros aspectos y se terminen aportando escasas formas de originalidad narrativa. Tampoco soluciones a ciertos conflictos que se plantean. A fin de cuentas, los 75 minutos de Pero que todos sepan que no he muerto (Bones of Contention, 2017) transcurren con ritmo áspero por su forma y sus testimonios, pero consiguen con costosa solvencia lo que pretendían desde el inicio; destacar la necesidad de dar voz a un colectivo que fue acosado y mutilado, o simplemente despreciado y olvidado durante una época de crudeza social. Ésta es la pancarta que hace de este pequeño documental una pieza recomendable. Su gran acierto: dejarse sustentar fielmente por la potente imagen de Lorca y sus restos desaparecidos como símbolo de un colectivo, y elemento de reflexión en torno a la memoria.

Por Carlos Durango