Si bien el título nos resulta familiar, esta herida no habla el mismo idioma que la que nos presentó Fernando Franco en su magnífica película de 2013, tampoco presenta los mismos síntomas, ni marcará las mismas cicatrices. Son ambas, en cambio, instrumentos capaces de incomodar desde el sufrimiento para aportar visiones desgarradoras de realidades que difícilmente alcanzamos a ver, a pesar de necesitar –como muchas otras- ser señaladas y comprendidas. En La herida (Inxeba, 2017) del debutante John Trengove reconocemos con facilidad la relación literal del título con el hilo argumental basado en el daño físico de una tradición tribal, pero sus poliédricos personajes nos transportarán rápidamente hacia un plano más íntimo, conflictivo e implacable donde estas tradiciones comunales quedan enfrentadas a la individualidad, generando una disputa observada en este caso bajo un prisma de incesante tensión que ya ha sido alabado en festivales como los de Londres o Sundance, alzándose además con el galardón a Mejor largometraje en el festival Cinema Jove de Valencia, y transformándose sin mucha dificultad en una clara apuesta al Oscar de habla no inglesa por su perspectiva LGTBI en territorios que aún persiguen de forma errónea a las personas por sus sentimientos.

A lo largo del metraje sus imágenes (en ocasiones planos de importante contundencia) son capaces de sustentar el drama ante la deliberada escasez de diálogo categórico. Su introducción muestra cómo Xolani, un trabajador de almacén interpretado de manera fascinante por el cantante Nakhane Touré, viaja anualmente a las montañas con el pretexto de ejercer como “tutor” de jóvenes guiados hacia su masculinidad a través del rito de la circuncisión, conocido como Ulwaluko por la comunidad Xhosa sudafricana. Este año su “iniciado” será Kwanda (Niza Jay Ncoyini), un chico de ciudad considerado demasiado débil por su padre y ninguneado por sus compañeros de rito debido a su estatus elevado. Poco importan los primeros días de cuidados tras la herida de la “masculinidad”, pues un fogonazo de pasión entre Xolani y su amigo de la infancia Vija (Bongile Mantsai) delata las verdaderas intenciones de su peregrinaje y nos adentra de forma vehemente en el acto principal de la película, momento en el que se desarrolla su verdadero propósito de mostrar la sexualidad como eje central en su reflexión sobre la identidad cultural e individual en una sociedad donde la homosexualidad es calificada como síntoma de debilidad, y el adoctrinando en la represión social es utilizado como artefacto de contención y perpetuidad de dicho status quo de brutalidad comunal.

En el plano técnico, Trengove logra captar al espectador dotando de naturalidad un relato muy personal que podría haber resultado lejano en otras culturas siendo entendido desde un punto de vista más antropológico que dramático. Influyen también en su favor factores como su tendencia al acercamiento de cuestiones de lenguaje universal marcadas en la identidad o el conflicto generacional. A través de una dirección explícita, tajante, aunque con momentos cálidos y de cuidada belleza fotográfica, el joven director maneja la cortante tensión reflejada en el lenguaje corporal del trípode protagonista para puntualizar comportamientos violentos ante la opresión, expresiones de intimidad nutridas por la rabia y el dolor de esconder sus propios sentimientos que desembocan en un aplastante desenlace donde la furia se transforma en metáfora.

Lo mejor: Su solvencia narrativa abordando conflictos entre tradición, identidad  y persecución desde una mirada sencilla aunque contundente.

Lo peor: El drama racial entorno a la homosexualidad puede llevar a parte del público a identificarla demasiado rápido con Moonlight, dejándola eclipsada.

Por Carlos Durango