Parece un tema recurrente de la sociedad patriarcal imperante, y que el cine no duda en perpetuar, aquel que desvela el conflicto que (forzosamente) conlleva una relación heterosexual de pareja. Se trata de esa confrontación varonil entre los hombres que se sienten legitimados para poseer el cariño, las atenciones y los favores de las mujeres, a saber: su padre y su novio. Este anticuado argumento es el que se encuentra en el fondo de Una noche con mi exsuegro (All Nighter, 2017),  segundo largometraje de Gavin Wiesen , cuyo guion firma Seth W. Owen, responsable del (despropósito) libreto de Morgan (Morgan, 2016).

Sí, quizá parezca exagerado hablar de patriarcado cuando se trata de un padre preocupado por una hija a la que no consigue localizar, pero la historia es ya vieja, y alarma el hecho de que parezcan proliferar en el cine (y sobre todo en el último año), aquellos discursos en los que la presencia masculina ostenta un lugar privilegiado en la vida de las mujeres hasta el punto de definir su identidad en términos de relación con estos últimos. La española Es por tu bien (2017), así como la norteamericana ¿Tenía que ser él? (Why Him?, 2016),  son dos ejemplos recientes de esta tendencia a enfocar la narración sobre estos hombres que sienten en la elección romántica de sus hijas una especie de ataque personal que directamente los desacredita de algún modo.  Una vez saltadas las alarmas feministas, superado el prólogo de la cinta y sin olvidar esta obviedad freudiana que respira la propuesta, la película de Wiesen termina por focalizar la atención en la relación que se establece entre sus dos protagonistas: J.K. Simmons y  Emile Hirsch, el padre y el exnovio respectivamente.

Resultan imprescindibles los actos de fe por parte del espectador para aceptar la premisa que precede a la búsqueda y que mantendrá unida a esta atípica pareja: una suerte de sincero autodescubrimiento donde la ausente figura de la mujer en busca (y captura) se convierte en una presencia que evoca los errores que como hombres han cometido en su historia con ella.

Al igual que en su opera prima, El arte de pasar de todo (The Art of Getting By, 2011), Wiesen apuesta por desentrañar aquello que parece encontrarse en el interior de uno mismo, una suerte de revelación acerca de las verdades del hombre que, si bien en su primer largo se centraba en la adolescencia y la soledad que acompaña a esta etapa vital, pasados unos años el realizador sigue considerando a la deriva a estas figuras masculinas que necesitan de ese contrapunto femenino para estabilizarse. Padres ausentes, fuertes vínculos entre madres e hijas, familias desestructuradas… Las relaciones familiares pueblan este universo propuesto por el director, que ya repite la advertencia de que, quizá, el problema se encuentre en el empeño por mantener el ideal del amor romántico en tiempos (ineludiblemente) más líquidos.

Quizá el realizador no haya sido consciente del discurso patriarcal que sostiene la premisa sobre la que se cimenta Una noche con mi exsuegro, y tan solo sea un reducto persistente que aparece al fijar la mirada en las nuevas masculinidades. En ese caso, sería conveniente una vuelta de guion (aunque tras el resultado obtenido en Morgan, probablemente la vuelta habría que darla a la elección del guionista).

Lo mejor: aunque no rebose la química, J.K Simmons y Emile Hirsch hacen lo que buenamente pueden (y se agradece).

Lo peor: lo reiterativa y anticuada que es la propuesta.

Por Cristina Aparicio