De un tiempo a esta parte, Richard Gere (1949, Filadelfia, EE.UU), parece decidido a aparcar su imagen de galán y hombre perfecto encaminando su carrera a papeles más comprometidos y de mayor calado moral, donde tenga algo que decir en la época que le ha tocado vivir. Ya pudimos apreciarlo en El  fraude (Arbitrage, 2012) donde interpretaba a un magnate corrupto que había convertido su vida en una gran mentira por ocultar a todo su entorno sus negocios fraudulentos. En Norman, el hombre que lo conseguía todo (Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer, 2016) da un paso más allá para distanciarse de su imagen y da vida a un personaje gris, solitario, de vida triste y orejas de soplillo en las antípodas de anteriores papeles. Su Norman Oppenheimer es como un ratón buscavidas, judío, pelota y adulador (muy al estilo del Smithers de Los Simpson) que intenta obtener réditos de sus conocidos pasando por encima de muchos de los principios básicos de la ética. Tal vez, si el film se hubiese estrenado en el último tercio del año, al bueno de Gere podría haberle caído una nominación por dar vida a uno de esos personajes tan alejados de uno mismo que tanto gustan en la Academia.

En la búsqueda de alguna comisión que haga más llevadera su existencia, Norman Oppenheimer (Richard Gere), un hombre de negocios de medio pelo, conoce a un joven político del gabinete israelí y trata de convencerle, a base de agasajos, para que entre en alguno de sus negocios a base de presentarle gente y posibilidades. Su suerte cambiará cuando, tres años después, ese joven político llegue a la presidencia de Israel.

El director israelí  Joseph Cedar, en su primera cinta en inglés, nos muestra con brío y dividida en cuatro actos, cómo se va formando una malla de tráfico de influencias tan comunes en las sociedades neoliberales en las que la posición de sus integrantes va posibilitando el juego. Muestra de forma ágil cómo el mundo de los negocios, la política y la religión muchas veces van de la mano, haciendo su mundo todavía más exclusivo e inaccesible; ellos hacen y deshacen. El film “denuncia” lo fácil que van cayendo en adulaciones, pequeños “regalos” y mayores favores,  lo que da pie a toda una red corrupta (de eso en España vamos sobrados); desde un favor para que el hijo de uno de ellos vaya a la universidad, que eso desemboque en una donación para la sinagoga y acabe con un contrato estatal. Para que todo eso se produzca siempre hace falta alguien que conecte a esas personas, y ahí entra en el juego esa especie de mercader que es el personaje de Gere, el hombre que todo el mundo sabe quién es, pero que nadie conoce.

El director, y también guionista, pasa por alto algo que echo en falta y que daría más empaque al producto final: acabamos sin saber nada del personaje de Norman, vemos como actúa y se comporta pero no vemos nada de su “yo” particular, de sus motivaciones, de sus ambiciones y de sus sentimientos. Si no sabemos claramente porque hace lo que hace, el mensaje queda desdibujado y puede confundirse, dándonos una imagen autocomplaciente del Norman miserable y pusilánime.

Sin embargo, Norman, el hombre que lo conseguía todo, resulta una buena opción para ver a un Gere distinto, un buen ejercicio que refleja con cierta eficacia cómo el ser humano reacciona con consciente languidez a la adulación previa al soborno, autocomplaciente y justificando la posibilidad evidente de convertirse en un corrupto a través del muy común tráfico de influencias.

Lo mejor: Richard Gere interpretando ese hombre de negocios de poca monta.

Lo peor: el film no arriesga y su falta de posicionamiento juega en contra del resultado.

Por Javier Gadea
@javiergadea74