Rosa (Maria Ribeiro) es una mujer fuerte, con carácter, inteligente y llena de vida. Pese a ello, vive su día a día con la angustia de saber que no es perfecta, que no puede abarcarlo todo: el trabajo, el cuidado de sus hijas, las tareas del hogar y todo el peso que supone vivir bajo el tradicional estilo de vida patriarcal. Ella debe ocuparse de todo, olvidando sus propias aspiraciones, para que su marido Dado (Paulho Vilhena) pueda desarrollar su trabajo como investigador de tribus amazónicas. Sus ausencias son largas y, cuando vuelve a casa, está demasiado cansado como para colaborar con los quehaceres del día a día: ayudar en la limpieza, la educación de las niñas, conseguir un entorno confortable para su familia… Ese peso recae íntegramente en Rosa, cuya paciencia y sumisión irán menguando al mismo tiempo que crece su infelicidad.

En este caso, el film se desarrolla (y produce) en Brasil, país que nos ha ofrecido numerosos y notables trabajos en los que prima, sobre todo, la veracidad de sus guiones y la pasión y temperamento de sus actores (un gran e imperdible ejemplo es Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002)). Aunque la obra no tiene nada que ver ni en cuanto a concepto ni estilo, la directora Laís Bodanzky también cumple esta pauta con Como nuestros padres (Como Nossos Pais, 2017). La magia de la película reside en su gran naturalidad, que tiene como pilares un reparto bien escogido y la sencillez aparente de su guion. La falta de ilusión de la protagonista se nos muestra a través de escenas cotidianas que a todos nos resultarán familiares a la vez que refleja una rutina costumbrista que podría darse en casi cualquier parte del mundo.

Aunque nos encontramos ante una clara crítica sobre el modelo tradicional y anticuado de familia, en el que al hombre se le permiten muchas más licencias, es curioso ver como los personajes más potentes de la película son, sin duda, las mujeres, sobre todo Rosa y su madre Clarice (una carismática Clarisse Abujamra). Es muy interesante observar el vínculo entre las dos generaciones, ver como hay patrones que se repiten de forma aparentemente irremediable y cómo va fluyendo su relación a lo largo de la película. En este caso, los hombres se representan a través de un trazo más grueso y, aunque son piezas que nos ayudan a comprender la trascendencia de la trama, el peso total y absoluto recae en la actriz principal: es real, pasional, creíble en todas sus intervenciones.

Al buen resultado ayuda un guion bien trabajado. Un libreto que no cae en las exageraciones o en el drama más intenso y que se desarrolla entre un costumbrismo bien ambientado. Desde el minuto uno, consigue zambullir al público en el día a día de una familia, con sus rutinas, hábitos y dejes de una forma absolutamente natural. No obstante, a medida que crece el desasosiego de la protagonista, es cierto que se podría esperar un giro mucho más radical en su comportamiento, pero la suya también es una forma interesante de afrontar el dilema de que, por más coraje y personalidad que tenga, no es fácil desarraigarse de todos esos conceptos y estilos de vida que nos han sido asignados de forma casi ancestral. La película plantea la enorme disyuntiva entre el deseo de alguien que quiere combatir hábitos obsoletos frente al peso implacable de las tradiciones establecidas.

Lo mejor: El realismo que el film desprende a través de escenas cotidianas.

Lo peor: La fuerza de la protagonista hubiese merecido una mayor evolución de su personaje.

Por Adriana Diaz