“No basta con oír la música; además hay que verla”

Stravinski, compositor ruso

Pensar en Irlanda es algo que sucede musicalmente. A pesar de ser uno de los aspectos clave de cualquier cultura, la música en Irlanda es una seña de identidad que atraviesa el país, viajando en las guitarras de los músicos callejeros que tocan sus cuerdas de esquina en esquina. El resultado es una armonía constante que inunda cada rincón y momento de la vida de sus transeúntes. Es en esas calles de Dublín donde surge el primer encuentro entre los protagonistas de Once (2007), dos apasionados de la música que encuentran el uno en el otro la inspiración para componer y recomponer sus vidas.

John Carney firma y dirige este largometraje estrenado en 2007 con el que cautivó al público y a la crítica gracias a la singularidad con que se cuestiona la esencia de un cine musical que parecía estancado. Limitarse a insertar números musicales sin estar supeditados a una estructura narrativa es algo en lo que había ido derivando este género cinematográfico. En Once las canciones se filtran en la narración de manera funcional y realista, inventando una estructura lógica donde los números musicales quedan justificados dentro de la narración. Los personajes expresan sus emociones cantando (única forma en que se sienten libres para hacerlo). En el cine de John Carney la música es la esencia y motor de las pasiones de sus personajes, una presencia invariable en sus vidas al margen de la debacle circunstancial o espiritual en que se encuentren. Porque si algo comparten los personajes de Once y Begin Again (2013), siguiente trabajo del director, es una pasión por la música inmutable que eleva cualquier acto cotidiano a un estado de trascendencia vital.

“La música empieza donde acaba el lenguaje”

E.T. Hoffmann, compositor alemán

El arte de la composición musical y la lucha por los sueños son los dos ejes sobre los que se alza Once, puntos de referencia en la vida de unos personajes sumergidos en la soledad de un proceso creativo que alcanza su máximo empuje e inspiración en el contacto con el otro. Y es aquí donde esta historia anónima pasa a convertirse en un cuento de hadas, justo cuando las palabras dejan de tener sentido y la magia aparece al ritmo y compás de los latidos del corazón. No hay trucos ni artificio. Las imágenes tomadas con tan solo dos steadycam a modo documental delatan la vocación humilde y sincera de esta cinta que consigue cautivar y trasmitir grandeza con cada pequeño detalle filmado. Carney hace consciente la dimensión visual del lenguaje musical al colocar la cámara en la posición de un público curioso, el de las personas que pasean por esas calles de Dublín dejándose encandilar por la sensibilidad (y la sinceridad) de quien toca por placer.

Falling Slowly surge la primera vez que este dúo comparte algo más que palabras, es el resultado de la complicidad nacida de unos acordes, síntomas sentimentales, que comparten y con los que se identifican. La música, esa combinación armónica de sonidos y silencios originados por un estado anímico que traspasa la fisicidad del mundo, es la gran protagonista de esta historia que empuja a enamorarse del amor.

“No basta con oír la música”, y gracias a Once se produce el milagro de poder verla.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa