Quién se acerca al espíritu sentirá su calor y su corazón será elevado a las alturas”, reza la cita que abre El ornitólogo (O ornitólogo, 2016), película portuguesa ganadora del premio al Mejor director en el Festival de Locarno de hace dos años. Antonio de Padua, también conocido como San Antonio de Lisboa y nacido en el S.XII como Fernando de Bulhões; sacerdote, predicador y teólogo portugués, es el autor de la cita, y el actor francés Paul Hamy, el que protagoniza el film encarnando a un ornitólogo llamado, también, Fernando. La obra del director portugués João Pedro Rodrigues se centra en el viaje de un solitario estudioso de las aves a través de las montañas del Portugal profundo, entorno que acaba por revelarse mucho más extraño e incontrolable de lo que Fernando y su conocimiento científico parecen indicar en un primer instante.

Precisamente, en esta lucha entre naturaleza controlada y misticismo fascinante, se sitúa la película, en especial en su primera parte, donde un tratamiento formal pulcro y sutil se revela en una mezcla asombrosa entre realismo hipnótico y artificio de alto nivel (esa maravillosa cámara subjetiva de las aves observando a Fernando). La omisión casi absoluta de la palabra hablada, hace de El ornitólogo una experiencia inmersiva maravillosa; digna de verse en las mejores condiciones de proyección, lo que junto a la complejidad conceptual de la historia del protagonista, y sus infinitos derroteros, hace que la película cobre una madurez de calado a medida que esta avanza.

Por si fuera poco, la obra de Pedro Rodrigues no podría ser más valiente temáticamente hablando, mezclando homosexualidad y religión en un contexto de naturaleza donde surge lo sobrenatural para acabar aterrizando en el comentario sobre la sexualidad y la blasfemia; un cóctel explosivo pero ni mucho menos diseñado de forma obvia y banal. La obra parece navegar en lo enigmático dentro de un territorio aparentemente apacible y hostil a la vez, para luego revelarse en una fábula que reinventa, con tal de satirizar, los clásicos conceptos religiosos y morales aún presentes en muchas sociedades de hoy en día.

No obstante, justo cuando más entra la película en el territorio del cuento y del comentario religioso y conceptual más se resiente por momentos la experiencia sensorial y la elegancia de su puesta en escena. Su último tramo se siente excesivamente obvio a causa de ciertas alegorías utilizadas, que hubieran sido muchísimo más interesantes si se hubieran quedado en el territorio del simbolismo de una primera parte de la película que juega a ser mucho más honesta en ese sentido; en definitiva, sin querer trascender a partir de la significación concreta de elementos, sino a partir del juego sensorial y del viaje iniciático de Fernando. Especialmente fuera de lugar parece la última escena del filme, que traiciona la coherencia y el tono de todo el metraje previo, dotando a la resolución de un contexto y un estilo muy distinto y paródico; impropio del espíritu de El ornitólogo.

Por Martí Soler Arce