Como estrenada a propósito, en un momento en el que a esta España teóricamente plural se le agrietan los pilares de la unión, llega Oro (2017), la nueva película del siempre valiente Agustín Díaz Yanes. El film, decidido a contar los avatares de soldados patrios en tierras de Centroamérica sumergidos en la enfermiza búsqueda del preciado metal, apoya su argumento belicoso en un discurso sobre las rencillas surgidas entre ellos debido, entre otras cosas, a sus distintos lugares de proveniencia. Curioso, pues, el paralelismo con algunos de los conflictos actuales en nuestro país, reflejo de las enormes discrepancias políticas y conceptuales sobre el complejo significado de la palabra nación; también por la eterna búsqueda de fama y fortuna, premios tan sufridos antaño pero tan virales como volátiles en el convulso mundo de nuestros días.

Apoyada en una producción esforzada y en un casting que destaca por la conjunción de jóvenes talentos y actores más experimentados entre sus figuras protagonistas, Oro es poseedora de una vigorosa introducción que sumerge de lleno al público en las andanzas de este grupo de soldados de dudosa moralidad, ética más cercana a la de un mercenario que a la de un defensor de su país. Para mayor dificultad, la involuntaria presencia de la esposa del “mandamás” del grupo, interpretados por Barbara Lennie y José Manuel Cervino, hará hervir la sangre de los hombres a la vez que aumentará las pulsaciones a cada paso del adrenalítico grupo. Para conformar el resto de la expedición, el realizador ha contado con actores como Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, Luis Callejo, Antonio Dechent, Anna Castillo o el mismísimo Juan Diego que, sin embargo, se muestran bastante más acartonados en sus interpretaciones que José Coronado, el más acertado de todo el elenco. Rodeados por la crueldad de una selva que amenaza todos sus movimientos, toda acción gira en torno a los comportamientos del regimiento, por lo que la película depende en exceso de algunos papeles a los que les sobra solemnidad.

Indudablemente, el talento de tanto artista junto es indiscutible pero es en el corto arco emocional de los personajes donde radica esa molesta sensación de excesiva teatralidad. Dibujados a partir de ciertos estereotipos, algunos de los roles del film de Díaz Yanes se resienten en cada una de sus intervenciones y, como no podía ser de otra manera, dificultan el buen funcionamiento de determinadas secuencias, acuciadas por tanto gesto reiterativo y fallida intención de aventura claustrofóbica. El guión, con la discutible misión de dar a luz duelos para la posteridad, se ahoga en sus propias pretensiones, dando la impresión de contener páginas calcadas unas de otras fruto de una planificación que, posiblemente, no haya tenido en cuenta lo suficiente todos los matices que ofrece la novela de Arturo Pérez-Reverte. En determinados pasajes, podría echarse de menos el matiz poético de trabajos como Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972), clásico de Werner Herzog bastante menos preocupado por los subrayados; también, por qué no, la grandilocuencia con aire constructivo de la mastodóntica El Dorado, dirigida por Carlos Saura en 1988.

Rodada entre Canarias, Madrid y Andalucía, la película de Díaz Yanes, cuyo debut, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, se llevó para casa siete Premios Goya en 1995, es un viaje al violento pasado de la España conquistadora menos exitoso de lo que cabía esperar, pero nada desdeñable en su propósito de acercar la mirada a interesantísimos tiempos pasados. La pega, quizá, es no haber ensanchado el ángulo, pues una perspectiva más amplia hubiese dotado al film de un enfoque más profundo, enriquecedor y, probablemente, de más carácter. La historia de nuestro país, de seguro apasionante, da para eso y mucho más.

Lo mejor: Sus primeros minutos, convertidos en una efectiva y potente introducción.

Lo peor:  Algunas interpretaciones grises, fruto de ciertas escenas irregulares.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum