Polémicas aparte, la realidad del cine norteamericano está mucho más allá de prejuicios raciales y reivindicaciones mediáticas que acaban estropeando la sensación de pluralidad que, a pesar de todo, deberíamos no perder nunca. Porque esta existe, sí, también en un arte al que cierto sector del famoseo de Hollywood pretende dar mala fama, pero que, aún con matices, valora mucho el trabajo de todos los que dedican su talento y su esfuerzo al séptimo arte, sea el que sea el color de su piel, también su género.

Aterrizan en nuestra cartelera dos películas que, de manera muy diferente, abordan el tema de la segregación racial en Estados Unidos en épocas convulsas para la sociedad norteamericana. Lejos de superar las heridas de su guerra civil y los daños sociales, el “país de las oportunidades” decidía partirse en dos y, en su mitad sur, pasarse por el arco del triunfo aquello de la libertad y la igualdad. Los otrora estados confederados impedían a la población negra vivir con normalidad y los obligaba a seguir moviéndose encadenados aunque ya no arrastrasen en sus pies los eslabones de la esclavitud que luchó por erradicar el gran Abraham Lincoln. Pero gran parte de aquello no había cambiado, por lo que muchos tuvieron que enfrentarse a todo un sistema que continuaba ninguneándolos y violando sus derechos fundamentales.

Al comienzo de Figuras ocultas (Hidden Figures, 2016), las palabras “Basada en hechos reales” le sirve a Theodore Melfi para ubicar al espectador ante la veracidad de lo que está punto de suceder (quizá a modo de anclaje emocional), a la vez que anticipa la clara intencionalidad de la cinta: dar a conocer la historia de Katherine Johnson, Dorothy Vaughn y Mary  Jackson, tres mujeres afroamericanas que fueron clave en el avance de la humanidad, espacial y terrenalmente hablando. Situada en plena carrera por la conquista del espacio, Figuras ocultas fija su mirada en la trayectoria de estas mujeres cuyas victorias personales eclipsan el histórico acontecimiento, que protagonizó John Glenn, de orbitar alrededor de la Tierra. “Estar viviendo lo imposible” se convierte en una afirmación tan categórica como urgente: la conquista del espacio queda en un segundo plano cuando se batalla por la conquista de unos derechos civiles (esos que se clasifican por colores).

Sin caer en la sensiblería, el film aborda el racismo desde las vivencias concretas de estas mujeres, las limitaciones y segregaciones cotidianas a las que se enfrentan día a día. Melfi se vale de una puesta en escena basada en la primacía de las imágenes sobre las palabras y que refuerza la idea que subyace en esta lucha racial. Para ello, se suceden las escenas donde estas mujeres se abren paso ante la mirada atónita de un grupo de blancos empeñados en distinguir espacios, útiles e incluso necesidades fisiológicas. Sobran las palabras y los sermones. De nada sirve saturar el cine de largos discursos moralistas que descuidan la verdad que hay detrás de todas las historias: son los actos (la acción) los que consiguen los cambios, y el cine ese gran visibilizador de  figuras ocultas a lo largo de la Historia.

Por su parte, con Loving (2016), Jeff Nichols se aleja de la urbe y se adentra en la peligrosa ruralidad norteamericana para trasladarnos al estado de Virginia en 1958. El director norteamericano continua su andadura como narrador de perfil bajo para contar esta historia real de amor, valentía y la insufrible y omnipresente injusticia. Con las bajas pulsaciones a las que nos tiene habituados, pero con igual contundencia, Nichols describe la situación de una pareja de negra y blanco, Mildred y Richard Loving, que decide casarse. Abstraídos de la cruda realidad y acostumbrados a convivir en un entorno en el que, a pesar de todo, están perfectamente integrados, la pareja se ve obligada por la ley a marcharse del estado para poder permanecer junta.

Gracias al trabajo de Joel Edgerton y Ruth Negga y a la profunda convicción del guión de Nichols por respetar el ritmo y la personalidad propia de la historia real, Loving se aleja de los cánones de los biopics de Hollywood y, en lugar de utilizar la manida plantilla de la industria para adaptar esta tipología de sucesos, camina firme pero tranquila por los avatares costumbristas y, posteriormente, personales y judiciales, de los protagonistas. Aunque el sello Nichols pueda confundirse con la ausencia de alma, sería un error catalogar su filmografía de lenta o falta de ritmo ya que, en realidad, se trata un cine huidizo que escapa a los estándares más comerciales y que, bien entendido, nos enseña las infinitas maneras de llegar a sus profundidades con un gesto que no requiere de mayores esfuerzos. Ningún matiz se escapa tampoco en Loving, que deposita sus esperanzas de llegar al gran público en los conmovedores y sutiles gestos de dos actores en estado de gracia, además de en una historia que, lejos de forzar nuestra empatía, nos propone compartir la rabia y el ansia de justicia desde la más pura sinceridad.

Por Cristina Aparicio / Javier G. Godoy
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