¿Es posible acercarse a la belleza desde la maldad? ¿Hay una purgación moral en el ejercicio artístico? Estas son algunas de las reflexiones que motivan este cruce entre melodrama y tragedia griega, el último trabajo de Jaime Rosales, que explora la figura del artista y su naturaleza. Porque la cercanía con el mundo del arte no es una excusa o pretexto para contar la historia de Petra, al contrario: desde el primer capítulo (de los que aparecen en pantalla, que no es precisamente el inicio de la historia) esta joven se instala en la casa de Jaume para aprender de él, un exitoso artista que vive y trabaja en una impresionante masía con su mujer y su hijo.

Al igual que en las tragedias griegas, Petra se estructura en ​actos o capítulos cuyos intertítulos avecinan lo que el público está a punto de presenciar, una anticipación que no sigue un orden cronológico sino emocional: descolocados los episodios, la composición del relato responde al dolor que genera. Así, la ruptura con la rigidez de la tragedia se pone al servicio de la deconstrucción del dolor sin perder la esencia propia del género: una clara contextualización del pasado, presente y futuro del héroe (en este caso heroína, Petra, a quien encarna Bárbara Lennie), donde la lección moral se traduce en una reflexión lanzada al aire con múltiples aristas.

En medio de este melodrama freudiano, Rosales continúa experimentando con las formas, cargando de sentido toda una técnica empeñada en depurarse al máximo, una puesta en escena donde la distancia con el relato es la marca de identidad de este director que registra situaciones dejando espacio para el aire, ​para la nada. La cámara se desplaza o se mantiene quieta largo tiempo mientras el drama sucede, quedando este fuera o dentro de plano y ​haciendo de la duración una estrategia para contener la verdad de lo que sucede. Desde la falta de interés por el efecto sorpresa que anticipan los títulos capitulares, el aparato formal que despliega Rosales se encamina en busca de una verdad que, a pesar de lo construido, de lo milimetradas de sus decisiones técnicas, deja espacio para que haya vida dentro del plano.

Traiciona, en cierta medida, el espíritu de la obra el excesivo giro de guion al final de la cinta, no anticipado (en un relato de anticipación constante), que inclina más la historia hacia el melodrama y lo aleja de la reflexión sobre los motivos y alcance moral del arte en el ser humano. En medio de este culebrón paternofilial, las tres visiones distintas del arte encarnadas por Petra, Jaume y su hijo Lucas, y que se relacionan con la búsqueda de la verdad personal, el éxito profesional o el compromiso social, pasan a un segundo plano, haciendo que los trascendentales interrogantes con que abrían estas líneas y que incentivaron y germinaron en Petra no terminen siendo resueltos. Quizá resulte ambicioso creer que con una sola obra pueda responderse a incógnitas de tal envergadura y que a día de hoy siguen abriendo líneas de investigación y pensamiento en la esfera académica que rodea al mundo del arte. Aunque, eso sí, Petra rompe con una falsa creencia: el arte no es garantía de bondad humana.

Lo mejor: La necesaria falta de respeto al spoiler y, como siempre, Bárbara Lennie.

Lo peor: La pirueta narrativa final.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa