¡Plaga!. ¡Cuarenta millones de personas infectadas es una maldita plaga!. Y todo lo que podemos hacer es reunir a cientos de personas en una manifestación. ¡Eso no hará que nadie preste atención!. No hasta que llevemos a millones. Les digo lo mismo en este décimo año que les dije en 1981, cuando sólo había 41 casos: hasta que no nos pongamos las pilas, todos nosotros, valemos tanto como si estuviéramos muertos.- Larry Kramer (guionista)

Asistir a los títulos de crédito finales de Cómo sobrevivir a una plaga (How to Survive a Plague, 2012), y pensar cuán equivocada estaba. Que la lucha y valentía de unos pocos sí que pueden cambiar el curso de la historia. Que David puede, si no ganar, sí atraer a su lado a Goliat, y que sólo unos pocos hombres y mujeres comprometidos pueden llegar a conseguir que todo un sistema deje de mirar a otro lado para mirarlos a ellos y hacerlos parte de la solución que demandan. Un tratamiento que deje atrás la equivalencia del SIDA con la muerte es, ya de por sí, la mayor victoria.

Cómo sobrevivir a una plaga es la primera película del director David Chance (lo que hace más meritorio el resultado final) que fue testigo directo, por su condición de periodista, de las manifestaciones de protesta del grupo ACT UP (the AIDS Coalition to Unleash Power) en los años que narra la película (mediados de los ochenta a mediados de los noventa). El documental, que fue estrenado en el Festival de Sundance, obtuvo un reconocimiento escalonado a lo largo del 2012 y 2013, siendo merecedor de premios importantes como el Gotham al Mejor documental o la Mejor primera película en el Círculo de Críticos de Nueva York, así como la nominación al Óscar al mejor trabajo de la categoría.

David Chance no nos ofrece, a diferencia de otros filmes sobre el SIDA, una perspectiva global sobre la enfermedad, ni tampoco pone el foco en un afectado. La cámara de Chance nos introduce en el epicentro mismo de la plaga: en Nueva York, año sexto desde la epidemia, un grupo de activistas (muchos de un estatus profesional elevado) plantan cara, en una desgarradora lucha a lo largo de los años, y en la que ven caer cada día a compañeros, a todo el poder político, científico, farmacéutico, religioso y hasta social, para que sitúen, de una vez por todas, la lucha contra el SIDA en el centro de la agenda pública (algo que, de forma inaudita, no ocurría ni parecía suceder en un futuro a corto plazo).

Y es esta lucha quijotesca y ruidosa de estos jóvenes lo que más emociona en Cómo sobrevivir a una plaga. Este es un documental poderoso, vibrante, muy alejado de sutilezas, con un ritmo endiablado y salvaje que refuerza esa sensación de “tiempo contra el reloj” en la que viven permanentemente los protagonistas. Empatizamos con su ira y su dolor, también llegamos a comprender, compartamos o no, sus métodos de actuación ante la creencia de que les han dejado a su suerte y el colectivo gay está, literalmente, desangrándose. Además, es el extraordinario y extenso material de archivo de todos aquellos años, impresionante, el que nos introduce vertiginosamente, como no podía ser de otro modo, entre los grupos de activistas de ACT UP como si fuéramos uno más. Y ahí Chance, que hace un ejercicio de honestidad, no sólo expone lo mejor, sino que de manera valiente y sincera muestra todas las caras de la poliédrica situación.

© Ninety Thousand Words / Public Square Films

Entre lo mejor, esos archivos que muestran el arrojo y el coraje, pero también el amor y la generosidad de personas sentenciadas a morir que conscientemente luchan por otros. También esa apasionada forma de hacerse fuertes a través del estudio de todo lo concerniente al SIDA a nivel científico, gracias a una experta retirada unida a la causa. Imaginen: personas condenadas a una muerte cercana, sin rendirse, estudiando todo lo que la ciencia sabía sobre el SIDA hasta esa fecha. Por otro lado, lo más complejo del activismo: las luchas internas, la desconfianza de la base ante los líderes más mediáticos, la lucha entre dos formas de ver el movimiento, más combativo en las calles que en los despachos. De hecho, a raíz de ello, varios líderes crearon otra plataforma activista, distinta a ACT UP, llamada TAG (Grupo de Acción para el Tratamiento), más centrada en influir en las farmacéuticas. Y lo vemos emocionados y conmovidos porque nos lo cuentan de la misma forma.

Y es que la película no solo narra la batalla desde el epicentro, donde unos pocos lucharon contra todos para lograr su salvación y la de tantos otros, sino que expone interesantes declaraciones de científicos ajenos a esta guerra social para que podamos conocer cómo se llegó al éxito a través de la obtención de la terapia combinada que ha logrado cronificar la enfermedad. El documental también nos hace reflexionar sobre qué hubiera ocurrido sin esa lucha activista o y por qué sigue siendo necesario “actuar”. Por último, y no menos importante, como sociedad nos hace mirarnos al espejo para ver una imagen borrosa y sucia, porque, quizá, al principio, no estuvo al lado de los que más lo necesitaban.

Por Vienna Guitar
@Viennalua