El territorio del biopic es algo complicado y Stanley Tucci, con su última película, Final Portrait: El arte de la amistad, demuestra ser muy consciente de ello. Adaptar el caos de una experiencia vital (o parte de ella) a los cánones, estructuras y reglas de la narrativa convencional, puede suponer un quebradero de cabeza hasta para el director más experimentado. Parece que esta sea una de las razones por las que las películas biográficas más recordadas y valoradas suelen ir relacionadas con temas transversales en la obra de un director: El ascenso y caída de Jacke La Motta en la magistral Toro Salvaje (Raging Bull, 1980) de Martin Scorsese, el viaje a través de lo grotesco y de los espacios ocultos del ser humano en El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) de David Lynch,  o la épica y grandilocuencia de Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) de David Lean. Ahora bien, ¿cómo un director con un discurso no definido como es Stanley Tucci, puede moldear un hecho biográfico convirtiéndolo en una experiencia nueva, estimulante y diferente?

Final Portrait: El arte de la amistad (Final Portrait, 2017) narra el proceso de creación del último retrato realizado por el escultor y pintor suizo Alberto Giaccometti (interpretado por un Geoffrey Rush muy solvente que pocas veces roza el histrionismo) durante el cual, en un proceso de varias semanas, divagó para retratar a James Lord (Armie Hammer). Viendo el subtítulo de la película en España: El arte de la amistad, se podría pensar que la película se centra en un proceso de aproximación entre el personaje de un artista volátil  e impulsivo como Giaccometti y una personalidad centrada y disciplinada encarnada por James Lord. Sin embargo, Stanley Tucci es consciente de los tropos narrativos que han extenuado un subgénero que ha visto la mayor parte de su producción caer en el olvido inmediato. Es por ello, que Stanley Tucci en un ejercicio atrevido, decide evitar los espacios comunes de la película biográfica, creando escenas donde (moderadamente) se toman nuevas vías creativas ante el menor atisbo de cliché.

Este ejercicio es de agradecer, y más cuando añade una capa de profundidad a la película: el ejercicio de retrato que realiza Stanley Tucci sobre el pintor suizo es el mismo al que se enfrente Giaccometti en la película, los dos autores (director y personaje) se ven sumergidos en un divagar constante, ante la imposibilidad de retratar en su totalidad a una personalidad con todos sus detalles. Ante este dilema, la película, que crea un juego de espejos no evidenciado muy interesante, acaba por llegar a diversos callejones sin salida, extenuando a un espectador que busca desarrollo y conclusiones.

La película de Tucci acaba por ser un retrato superficial de la figura que quiere plasmar, y quizás esa sea la intención de la película, en un intento de emular los dilemas en el proceso de creación del pintor interpretado por Geoffrey Rush. Sin embargo, Giacometti acabó su retrato dejando como legado una obra con personalidad, donde los matices no solo de la figura que retrata sino de su propia visión se ven representados. Con Final Portrait: El arte de la amistad  el director se pierde al intentar plasmar no solo a Giacometti sino a su proceso creativo, cuando lo que quizá nos hubiera gustado es que Tucci hubiera retratado su visión sobre este proceso.

Lo mejor: El juego de espejos sobre el proceso creativo.

Lo peor: Que tanto divagar acabe por extenuar a un espectador que busca respuestas.

Por Daniel Belenguer
@DeathSumer