Descubrí a Gus Van Sant en 1990 durante el estreno, en los cines Renoir, de Drugstore Cowboy (1989), justo cuando había decidido que la mayoría de mis activos financieros (llámese paga) iban a ir destinados a la cinefilia. Me maravilló esa forma, a medio camino de lo poético y lo trash, de reflejar la drogadicción que nada tenía que ver con los referentes del cine quinqui patrio. Mucho más cercana a la Generación Beat, buscaba mostrar los estragos de la droga sin moralizar y aleccionar. Dejaba claro el vacío que supone para un yonki el haberse entregado al placer narcótico y el regreso a la cruda y dura realidad del día a día. Así, aquella road movie de bellos adictos cuya única motivación era conseguir otra dosis, se convirtió en uno de mis referentes cinematográficos.

Después llegó Mi Idaho privado (My Own Private Idaho, 1991), que se convirtió en película de culto y transformó en mítica a esa pareja de chaperos formada por River Phoenix y Keanu Reeves; realizó vídeos musicales para grupos de la talla de Red Hot Chilli Peppers y hasta saboreó el fracaso con Ellas también se deprimen (Even Cowgirls Get the Blues, 1993), hecho que fue acercándole al cine más comercial. Sin embargo, cuanto más se alejaba del espíritu independiente mayor era el desinterés que provocaba su cine, aunque se sucedieron valiosas excepciones como El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, 1997), Elephant (2003), con la que obtuvo la Palma de Oro en Cannes, o Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008), por la Sean Penn se hizo con su segundo Oscar al Mejor actor principal.

Coincidiendo en el tiempo con una exposición en La Casa Encendida de las Polaroids que realizó para el casting de sus films, y con una retrospectiva de su cine en la Filmoteca Española, se estrena su última obra No te preocupes, no llegará lejos a pie (Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot, 2018), biopic sobre la vida del dibujante de viñetas John Callahan, interpretado por Joaquin Phoenix, que quedó tetrapléjico tras un accidente de tráfico en los años 70. Por ello, y  como parte de su terapia, comienza a dibujar con un tono ácido lleno de humor negro.

La cinta se queda a medio camino entre la biografía bienintencionada y comercial y el lado más personal e interesante del director. El mayor acierto del film radica, a pesar de lo que en un principio pueda parecer, en no centrarse en la minusvalía como mayor desgracia y condicionante único del protagonista, sino que transita por el lado oscuro de la depresión y la adicción al alcohol, lo que la hace mucho más sugestiva y atrayente; el verdadero infierno de Callahan está escondido en una botella y será su verdadera losa. De esta forma, los mejores momentos de la película del director de Lousville son precisamente los momentos más incómodos, donde la reflexión sobre soledad y la melancolía provocadas por la adicción son más palpables.

Todo apuntaba, por tanto, a que las características del personaje principal podrían haber sido una ocasión para lucirse, pero la interpretación de Phoenix queda desdibujada por la obstinada tendencia del actor al feísmo hasta provocar el agotamiento del espectador. Sin desmerecer el trabajo de Phoenix, sin duda cabe destacar a Jonah Hill, un auténtico camaleón que da vida al gurú que otorgará las herramientas para que el dibujante abandone la bebida. La interpretación de Hill está llena de sensibilidad y carece de artificios, lo que lo convierte aquí en un robaescenas sin necesidad de hacer de más ni caer en típicos tópicos.

Lo mejor: Muestra con acierto el infierno en el que puede convertirse el alcoholismo.

Lo peor: Sus altibajos narrativos podrían provocar que se termine mirando la hora.

Por Javier Gadea
@javiergadea74