Mi madre es una puta tonta”. Con esta retahíla a modo de catarsis Denis (el hijo de la maestra) y Sacha (otro alumno de la escuela de distinta clase) encuentran el vínculo que les permite acercarse, comprenderse y compartir una situación vital distinta pero similar en cuanto a las emociones que les suscita. A pesar de la dureza de la frase, la planificación de la escena (acelerada con rápidos cambios de plano al ritmo de las Cuatro estaciones de Vivaldi) donde ambos corretean por una escuela vacía dando volteretas, escribiendo en la pizarra mensajes que terminan por borrar y haciendo muecas infantiles, no permite llevarse a equívocos: no hay condena ni juicio, tan solo la revelación inocente e impulsiva de un par de niños que gritan lo que parece no estar permitido, librándose desde la risa de aquello que les causa tanto dolor.

Esa escuela es el lugar de trabajo y residencia de Florence (Sara Forestier), la protagonista de Primaria (Primaire, 2016): una mujer entregada y apasionada cuya vocación es el epicentro de la narración y de su naufragio personal como madre. La maternidad está en el centro de un relato donde la dicotomía presencia/ausencia nada tiene que ver con la atención, el cuidado y mucho menos con el cariño. Uno de los grandes valores de la cinta es, por tanto, la desvinculación entre la profesión de maestra y la maternidad, un tópico extendido acerca del carácter maternal de la mujer profesora. La vocación de Florence queda clara desde la escena inicial: ella enseña a leer a una alumna de sexto mientras declara que nadie abandona su clase sin saber leer. Independientemente del contexto, la figura de esta mujer aparece siempre en continua actividad pedagógica, ya sea dentro del aula o con discursos reivindicativos fuera de ella.

La sutileza de la puesta en escena se apoya en el realismo con que la directora Hélène Angel aborda la historia: con un ligero movimiento, la cámara acompaña a su protagonista desde cerca, centrada en captar sus emociones sin perder de vista a quienes tiene a su alrededor. Denis (su hijo y también alumno de su clase) se convertirá en el otro centro de atención, y su reacción en un testimonio valioso para comprender su frustración (como se muestra en las reiteradas escenas en que él levanta la mano en clase y su madre le da la palabra a cualquier otro compañero). El naturalismo de la fotografía de Angel recuerda a la de Laurent Cantet en La clase (Entre les murs, 2008), largometraje que traspasaba los muros del instituto para proponer una reflexión acerca de la juventud francesa y el sistema educativo actual. Angel, por su parte, se centra en la educación primaria, pero las conversaciones entre profesores recuerdan a las planteadas en la cinta de Cantet: charlas informales con juicios velados que dejan entrever la diversidad de estilos educativos y pedagogías propias que pueden convivir en un mismo colegio.

Florence se convierte en un personaje tan complejo como real con el que plantear una pertinente reflexión acerca de los contextos idóneos para la labor educativa, a la vez que deja la puerta abierta a otra de las grandes disyuntivas dentro del marco de la educación como es la labor pedagógica de los padres. Quizá el problema sea tener que diferenciar tan radicalmente contextos y agentes en una tarea tan integral y común como esta y que tan solo depende del grado de coherencia con que uno es capaz de vivir su vida, en todos sus ámbitos.

Disponible en Filmin.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa