A día de hoy todo el mundo conoce a Andy Serkis por su elogiable capacidad como actor de personajes desarrollados con captura de movimiento (motion capture). Cabe recordar que nos ha regalado interpretaciones tan sorprendentes como las de Gollum en la saga de El señor de los anillos (Lord of the rings, 2001-2003), el gorila gigante de King Kong (2005) o la de César en la actual trilogía de El planeta de los simios, entre otras. Lo que nadie conocía hasta la fecha era su faceta como realizador, ya que Una razón para vivir (Breathe, 2017), supone su debut tras las cámaras.

Es cuanto menos curioso que Serkis, siempre destacado por sus interpretaciones corporales, haya elegido como opera prima el biopic sobre Robin Cavendish, un hombre paralizado por la polio y que, pese a su diagnóstico, dedicó su vida a defender los derechos y la inclusión social de las personas discapacitadas. Seguramente, su elección no haya sido mera casualidad y esta venga motivada por el ya sabido reconocimiento que suelen tener este tipo de historias de superación en Hollywood de cara una posible carrera hacia los premios. Aunque, siendo sinceros, no parece que Una razón para vivir vaya a tener demasiadas posibilidades en este sentido.

Serkis debuta de manera discreta y modesta con este filme, maneja cámara con sobriedad aunque de forma convencional, por lo que acaba cayendo en los estereotipos comunes del género; se deja llevar, por momentos, hacia el lado más sensiblero y manipulador de este tipo de historias, haciendo demasiado hincapié en una trama amorosa, edulcorada en exceso y poco efectiva.

El papel protagonista de la película corre a cargo de Andrew Garfield, quien ya venía de ser nominado al Oscar por su papel en Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016), y que ahora se mete en la piel del aventurero Robin Cavendish. Sin embargo, la interpretación de Garfield no es tan llamativa como pueda parecer a simple vista, sino más bien sosa. A pesar del esfuerzo del actor a la hora de gesticular y modular la voz, no llega alcanzar ese toque excelso para cautivar al público y a la crítica que sí consiguiesen en su día Daniel Day-Lewis en Mi pie izquierdo (My Left Foot, 1989) o Eddie Redmayne en La teoría del todo (The Theory of Everything, 2016). Tampoco sirven de ayuda la intensidad de los diálogos del personaje, demasiado trillados para esta clase de dramas basados en historias de superación. La que sí logra un papel destacable en esta cinta es Claire Foy, conocida por su excelente papel de la reina Isabel II en la serie The Crown (2016), y que aquí interpreta de manera elegante el rol de Diana, la mujer de Robin Cavendish. Aparentemente comienza con un papel secundario pero, con el transcurso del filme, se va haciendo poco a poco con el peso de la película, lo cual es de agradecer.

Cabe destacar positivamente, el excelente trabajo de fotografía y vestuario del filme, aunque esto no logre camuflar las fisuras en base al abuso de clichés y sensiblería fácil que hacen que la película se quede a medio gas para llegar “en forma” a una posible carrera a los Oscar.

Lo mejor: Claire Foy, mostrando su elegancia y sensibilidad en cada plano.

Lo peor: La secuencia que transcurre en Tarragona, tan estereotipada como innecesaria.

Por David Areces