En 2013 se presentó en el Festival de Cine de Cannes un joven Jeremy Saulnier con su segunda cinta bajo el brazo, un film que contó con un presupuesto de 420.000 dólares y que logró hacerse con el premio Fipresci del certamen. En su periplo festivalero –entre ellos el de Gijón- consiguió que fuese una de las películas más aclamadas por los críticos y aficionados.

Escrita y dirigida por el propio Saulnier y protagonizada por su amigo de la infancia Macon Blair, que ya había protagonizado su primer film, Murder Party, nos cuenta la historia de Dwight, un vagabundo sin mucho que hacer aparte de recoger latas y botellas. Un día se entera de una noticia que marcará su futuro y lo meterá de lleno en una espiral de violencia y venganza personal.

Rodada con el temple de esas películas en las que parece no sudecer nada, Blue Ruin se convierte en un film en el que la acción no cesa. De forma serena y pausada somos testigos de la transformación de Dwight en un asesino vengador, con todas lo que ello conlleva; desde conseguir un arma hasta proteger a la poca familia que le queda. Sin embargo, pronto mostrará que nada le hará frenar en sus objetivos, aunque la sangre y la carne sean el menú a poner sobre la mesa.

Blue Ruin es un thriller con sabor a cine clásico, de ritmo verosímil, alejado de las frenéticas maneras de muchas de las cintas de este genero en la actualidad. Una historia vista en más ocasiones pero realizada con un estilo muy personal, dejándonos un mensaje claro: la ausencia de recompensa y lo estúpido de sumergirnos en la rabia y en el ojo por ojo.

Jeremy Saulnier es un director a seguir de cerca, un gran contador de historias al que tenemos la suerte de seguir analizando en su nueva obra: Green Room, estrenada recientemente, en la que ha contado con un presupuesto mayor y con la presencia como protagonista del veterano Patrick Stewart. Para Saulnier, esta última cinta puede significar su reválida definitiva situándolo entre aquellos que juegan en las ligas mayores.

Por Javier Gadea
@javichul