Soy de los que creen que existe una reminiscencia inmortal dentro de cada cinéfilo capaz de transportarle al rincón de la memoria donde guarda su primer encuentro con Sir Charles Chaplin cuando vislumbra su bombín desencajado, bailando junto al inquieto bigote, incapaz de seguir el ritmo de un bastón que dibujaba más aspas, que huellas era capaz de marcar. Digno de su propio culto como mago de la ilusión y adalid del humanismo cinematográfico, el maestro del cine mudo nunca supo establecer la línea entre géneros que normalmente aparece demasiado marcada, prefirió en cambio alejarse de cánones de la industria, festejar el pensamiento y señalar el drama –cotidiano o universal- con la comedia, tan tierna en ocasiones, como satírica. Su legado es una filmografía de irrefutable transcendencia que llegó al clímax en una película arropada por la crítica pero no tan conocida por el gran público frente al resto de sus obras: Candilejas (Limelight, 1952).

La vida ha dejado de ser un chiste. No le veo la gracia.

Aún tenía algún regalo más para nosotros antes de que el telón se bajara por completo, incluyendo la maravillosa fábula satírica de Un rey en Nueva York (A King in New York, 1957), pero la obra que venimos a tratar hoy supuso –permítanme la afirmación- la agridulce despedida de Chaplin a la que todos temían asistir. Sin duda, su obra había sufrido una magnífica metamorfosis envejeciendo lentamente, dejando desnudo al artista otrora engalanado de un espléndido forraje mudo y sin color del que se había desprovisto tan sutilmente como introducía el diálogo sonoro en sus obras, para dar paso a un narrador más puro, sentimental y melancólico.

En este caso, el personaje ficticio siempre acompañó al de carne y hueso. Por el tiempo en el que la película era estrenada, Chaplin era duramente criticado por los estadounidenses más conservadores por haberse enamorado y contraer matrimonio con una mujer de 18 años (Oona Chaplin) cuando él cumplía 54, mientras era perseguido por delitos “contra la moralidad” del país que le había acogido. El año 1952 suponía para él el exilio a Suiza, al tiempo que triunfaba la película protagonizada por su alter-ego Calvero; un hombre embriagado en su propia historia de caída picado hacia la obsolescencia y el olvido que encuentra su leit-motiv en la joven bailarina a la que salva del suicidio. Ella supondrá su salvación, alguien en quien confiar su legado, mientras él será la estima que la bailarina era incapaz de encontrar en el mundo.

Existe algo tan inevitable como la muerte y es ¡la vida!.

La película es coherente con lo que ofrece en sus primeros compases; promete una historia sobre un payaso y una bailarina, y eso es ni más ni menos lo que encontramos. Calvero se convierte desde el principio en una marioneta de aspiraciones existencialistas con la que Chaplin juega cómodamente a buscar y enfrentarse de forma melancólica con los orígenes de su personaje Charlot, a la vez que establece el preferente para reflexionar sobre el cambio constante, el relevo generacional y la renovación de moralidad social a través de su relación con la frágil bailarina (Claire Bloom). El director llega al éxtasis de su filmografía sin complejos a mirar hacia atrás, pero con esperanza hacia el futuro que otros disfrutarán. Dos planos emocionales ligados por la comedia que emana del drama más profundo arraigado en la lucha contra el desencanto, la desesperación y la desmotivación al apostar por el canto a la vida y la superación.

La paleta de emociones con la que el guion de la película dibuja los arcos de los personajes nos acompaña perfectamente hacia su maravilloso número final, donde el coraje y el temperamento consiguen brotar en la bailarina mientras los candiles del teatro del payaso se atenúan anunciando el fin de la comedia, la última carcajada de un payaso que al final tan sólo quiso demostrar aquello que él llegó a comprender; que la vida no tenía un significados, que implemente era deseo.

Qué triste oficio el de hacer reír.

Acto final. Tras un desarrollo de guion impoluto, el espectador asiste conmocionado al preludio de la catarsis del talento. Un número final en el que no sólo se firmaba el cierre de su personaje, sino el de una época completa cuando es desvelado el as que guardaba en la manga. La aparición conjunta en pantalla de Buster Keaton y Charles Chaplin era tan sólo un sueño de algunos locos, hasta entonces. Privados de sus personajes, de la grandilocuencia y la fama, la pareja de comediantes aparece al natural para la representación de su número final. Dos viejos conocidos que deciden ayudarse en una última colaboración. No serán recordados por este número, tampoco se pretende eso (para ello ya habíamos disfrutado flashbacks de la época dorada de Calvero, al igual que podemos repasar sus respectivas filmografías), pero esta nostálgica última interpretación muda es una delicia en forma de entrañable despedida.

Seríamos incapaces de concebir a Chaplin sin Keaton, ni a Keaton sin Chaplin. Uno humanista, íntimo y sonriente; el otro frío, acrobático y astuto. Dos formas de hacer comedia que rigieron las vías por las que la industria creció a través del humor mudo que aquí se mueve al son del piano de uno y el violín de otro; con la característica sonrisa de uno, y la implacable seriedad del otro; la impasividad de uno, y el ímpetu del otro; el último baile de ambos… Compañeros de este triste oficio que es el humor; antes distantes en la pantalla, ahora tan cercanos en ella como en su intimidad.

© United Artist

 El tiempo es un gran autor, siempre escribe el final perfecto.

Una vez más el autor británico se había convertido en escritor, productor, director, intérprete y compositor de su película, utilizando su ingenio para aunar todas las profesiones y conseguir elevar el séptimo arte a la categoría de obra total. La soledad, la tristeza y la melancolía se ponen en manifiesto a la misma distancia del espectador que la solemnidad, la pasión y la esperanza. Sentimientos hilados en magníficas conversaciones que dejan apuntes maravillosos y enseñanzas de gran profundidad, mecidas por tonalidades musicales de valía inmensurable. Una despedida conmovedora y apasionante a la altura de un genio repudiado que el tiempo se encargó de poner en su lugar.

A pesar de haber jurado no volver jamás, Charles Chaplin volvió a Estados Unidos veinte años después de su exilio, en 1972, para recoger el Oscar Honorífico a toda su carrera. Tres años más tarde era nombrado sir por la Reina Isabel II en su tierra natal. Su figura se ha convertido en una de las figuras más conocidas de la historia del celuloide, su obra es reconocida ahora por su gran valor humanístico, además de artístico.

Por Carlos Durango