Decía Wim Wenders que filmar era un ejercicio para preservar momentos que, una vez pasados, ya no se repetirán jamás: «Algo ocurre. La cámara lo ve y lo registra, y lo puedes contemplar de nuevo después. Tal vez esa cosa ya no esté ahí pero aún puedes verla. El hecho de su existencia no se ha perdido. La cámara es un arma contra la tragedia de las cosas, contra su desaparición».

Precisamente él mismo rodo El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), una película sobre un lugar que ya no existe. Cuando el director quiso registrar esta ciudad, hace ya 30 años, no solo era otra en todos los aspectos, sino que además estaba dividida en dos.  Como si de una visión se tratara, el cineasta retrató de manera impresionante la ahora capital de Alemania dos años antes de que cayera el muro, dejando para el recuerdo una ciudad histórica; lugares emblemáticos como Potsdamer Platz, Mehrin Platz, Theodor- Wolf-Park, Hotel Esplanade o la mítica estación Anhalter Bahnhof -que fue en su día la más grande de Europa- son muestra de la evolución y cambios que ha sufrido esta ciudad desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

Damiel (Bruno Ganz) y Cassiel (Otto Sander) son dos ángeles que callejean invisibles por las vías de Berlín, aunque no pueden ser percibidos por nadie, si son percibidas por las personas con el alma pura, mayoritariamente niños. Las dos figuras celestes observan en el interior de las personas: sus sentimientos, temores, obsesiones, deseos… y se preocupan de hacer lo posible para consolar a una sociedad depresiva y desesperanzada por la guerra y el muro que los divide.

La ciudad se presenta deprimente y herida, alimentada por la culpa y el miedo pero en la que Damiel sabrá encontrar esperanza, buena fe y amor que le hará replantearse su propia inmortalidad. La película, que es una declaración de amor por la humanidad, está rodada en blanco y negro en la fría eternidad de los ángeles pero cambia hacia el color cuando uno de estos se convierte en mortal y vuelve a tener un cuerpo físico. El film goza de una belleza técnica sublime que tiene su apogeo con el vuelo de los ángeles, los cuales no hay muro que no puedan atravesar. Eso nos otorga a nosotros, los espectadores, un punto de vista omnisciente. Vemos a través de sus ojos y volamos por las calles de la ciudad  a lomo de seres adictos a las emociones humanas pero incapaces de experimentarlas.

Sin lugar a dudas, El cielo sobre Berlín constituye una de las piezas más bellas, poéticas y delicadas del cine alemán y la ópera prima del director Wim Wenders que ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes de 1987. Años más tarde se lanzaría con una secuela del film traducida al español como ¡Tan lejos, tan cerca! (In Weiter Ferne, so Nah, 1993) con la continuidad de los actores pero diferente resultado.

Ya sea para hacer un ejercicio de memoria histórica, para dejarte llevar por la abrumadora belleza de sus planos o bien para sumergirte en sus cuidadosos y poéticos diálogos, recomendamos el visionado de este film que, sin duda, es ya una pieza de museo irrepetible que deja al espectador una esencia maravillosa.

Por Quim Ríos