“No he hecho ninguna obra maestra, pero rodando soy feliz”. Tócate los cojones. Eso decía Woody Allen la semana pasada con motivo del estreno de su último filme-audioguía “A Roma con amor“. Es decir, uno de los personajes más importantes de la historia del cine americano, autor de cabecera de más de una generación de snobs e intelectuales, que ha implantado un personaje en el imaginario de casi todos los espectadores del mundo mundial (a la altura de Charlot o los protagonistas de Jacques Tati) y que ha hecho que cuando se habla de New York, la capital del Mundo, se piense en él….este mismo dice que no ha hecho ninguna obra maestra.

Pues algunos de esos snobs, que no intelectuales, sí pensamos que la ha hecho. Concretamente en 1989. Mientras la Perestroika acababa con el Comunismo, y en España debatíamos sobre quien tenía mejor delantera, Sabrina o Samantha Fox, el pequeño (de estatura) Allan Stewart Konigsberg estrenaba su peli anual: “Delitos y faltas” (“Crimes and Misdemeanors“. . .a ver quien tiene güevos de leerlo en ingles). Y algunos dirán….”uhhhmmmm, no me suena…uuhhhmmm, no es “Manhattan“, no es “Annie Hall“, no es “La Rosa Purpura del Cairo“”. Bobadas. Nunca el bueno de Woody había llegado tan alto.

-Eh! Pareces el sheriff, Martin
-Calla, friqui.

Vayamos por partes.

El guión: Firmado, como de costumbre, por él mismo, y con plaza reservada para su querida (entonces) Mia Farrow, y su clásico papel de neurótico, Allen demuestra que sabe contar historias. No solo las que le debía leer por las noches a Soon Yi cuando era niña para que se durmiese. No. Nunca comedia y drama se ensamblaron de una forma tan perfecta en un texto. Dos historias paralelas, independientes la una de la otra, que eclosionan en un final apoteósico. El drama lo encarna un cincuentón oftalmólogo adinerado (Martin Landau), que tiene una aventura con una joven azafata (Anjelica Huston) a espaldas de su mujer.
La comedia la colorea un aprensivo director de cine venido a menos (¿¿¿os imagináis quien lo interpreta???) al que le encargan realizar una biografía sobre su exitoso y odiado cuñado (Alan Alda), cuando en realidad él quiere hablar sobre un sabio rabino al que conocemos por sus aseveraciones acerca de la condición humana. En este proceso se enamora perdídamente de la productora del reportaje (Mia Farrow), poniendo en peligro su, ya de por sí, frágil matrimonio. Cómo pueden estas dos historias hilvanarse y llegar a anudarse, es lo que hace del guión uno de los más brillantes que ha escrito el genio de la Gran Manzana. Pero eso, queridos niños, es otra historia que os contaran los spoilers.

Los actores: Ya conocéis el reparto. Pero lo que igual no sabéis es que Martin Landau venía de una época un poco turbia. Después de rechazar ser Spock, para terminar en “Mision Imposible” (la serie), Landau había desaparecido. Estaba dejándose lo mejor para el final. Nominado al Oscar en 1988 por “Tucker”, repitió con “Delitos y faltas”. Y se lo merecía. Su personaje (Judah, no Ben Hur) transmite la angustia del ejecutor crimen y el peso de la necesidad judeocristiana de un castigo no deseado. De cómo el pecado puede verse (y de ver sabe mucho, que para algo es oftalmólogo) redimido. Landau es el malo de la película, pero el héroe al mismo tiempo. Nadie como él refleja la hipocresía y la decadencia moral de los paladines de Ronald Reagan en los años 80, y de ese neoliberalismo que ahora nos ahoga.

Los lugares comunes: ya sabemos que a Woody Allen le gusta manosear siempre las mismas temáticas. Psicología, sexualidad, familia, infidelidad. . . “Delitos y faltas” es un compendio de todos sus temores, de todas sus perversiones (magistral el coprófilo momento de su hermana en la ficción). En este sentido sigue la senda marcada por su admirado Bergman. Y en algunos momentos de este filme le supera. La angustia, la traición de la confianza, el absurdo. . .el existencialismo al fin y al cabo. Cómo un crimen no es tal, si se puede ocultar la autoría.
Una película imprescindible, que no envejecerá nunca por lo universal de su temática. Una joya que casi nunca aparece en los Top de la Historia del cine, aunque tenga escrito su título con letras (hebreas) de oro.
Y para terminar, señor Allen, ¿qué opina usted de su obra magna?

Por J.M.C.