Original, divertida, lacrimógena en su justa medida e inmensamente tierna: Captain Fantastic (2016) es una de las cintas que más me ha conmovido y enriquecido en los últimos años. Una oda a la libertad y al amor por uno mismo; la honestidad personal de vivir conforme a tus creencias y valores de forma acérrima (lo cual acarrea inevitables consecuencias en un mundo donde todo parece ser establecido e inamovible). Uno de los puntos fuertes de la película, es el retrato de cada uno de los personajes, aunque la fuerza recae con más énfasis en algunos. Como protagonista, Viggo Mortensen está imponente. Desprende fuerza y carisma a raudales y una veracidad abrumadora.

Ben (Viggo Mortensen), lleva diez años viviendo en los bosques del noroeste de Estados Unidos, criando a sus seis hijos y totalmente apartado de la civilización. Él mismo se encarga de su educación y de inculcarle sus valores, apartándoles de la sociedad de consumo y de las comodidades que tanto detesta. Un hecho trágico hará que deban abandonar temporalmente su vida y acudir a la ciudad. El choque resultará impactante para los jóvenes y lo exteriorizarán de forma distinta; cada uno de los hijos de Ben posee una personalidad distinta y este hecho se desarrolla a lo largo del film. Destacan, sobre todo, el mayor, Bo (George MacKay), un joven en edad de ir a la universidad, que observará como todos sus conocimientos a cerca de la historia, el arte, la ciencia y demás disciplinas, poco servirán para enfrentarse al mundo real, sobre todo en cuanto a emociones y relaciones interpersonales se refiere. Por otro lado, Rellian (Nicholas Hamilton), el cuarto hijo, será el que más se rebelará contra las doctrinas de su padre, no sin algo de razón. Se sentirá alienado del mundo real (o del orden establecido), y cargará contra su progenitor su frustración. Demostrará un mayor grado de violencia para manifestarse, hecho que lo distingue de sus hermanos y que consigue dibujarnos con más precisión al personaje. Por último, el pequeño Nai (Charlie Shotwell), sorprendentemente inteligente para su edad, carismático y seguro de sí mismo, destaca por encima de cualquier rasgo su sentido del humor y sarcasmo, que lo define y completa como personaje.

El reencuentro con los abuelos maternos, Jack y Abigail (Ann Dowd), será crucial para remarcar el grado de alienación en el que viven Ben y sus hijos. Sus suegros representan LO ESTABLECIDO, en mayúsculas: una gran casa, un hombre de familia conservador y católico (otra gran interpretación de Frank Langella), junto a una esposa devota y abnegada. Ellos, al igual que otros miembros de la familia que encontrarán durante el viaje, son incapaces de entender el estilo de vida de Ben y la educación que impone a sus hijos, tachándola incluso de peligrosa. El mismo Ben, un hombre absolutamente leal a sus principios y a priori inamovible en cuanto a sus decisiones, se planteará si su influencia puede resultar negativa para su numerosa descendencia.

Así, Captain Fantastic (2016), dirigida por Matt Ross, cuenta con una trama original y sorprendente; un guion realmente agudo (también a cargo del realizador), que consigue enternecernos con la misma facilidad con la que puede arrancarnos carcajadas. Por su parte, a la profundidad de la historia, colaboran la cuidada fotografía de Stéphane Fontaine, que rezuma belleza, sobre todo en las secuencias grabadas en las frondosas montañas, y una banda sonora discreta pero muy efectiva compuesta por Alex Somers.

Pero, por encima de todo, destaca el trabajo con los actores y el dibujo de los personajes. Todos tienen cosas distintas que aportar y así conseguir emocionarnos, hacernos reír y empatizar con cada uno de ellos en algún momento del largometraje. Y, como ya he comentado con anterioridad pero creo absolutamente necesario remarcarlo, un protagonista soberbio y carismático, uno de esos personajes inolvidables que permanecen en nuestra memoria. Supongo que un caramelo total para un actor de la talla del señor Mortensen, cuyo papel es imposible no adorar, incluso discrepando de algunos de sus actos en esta cinta deliciosa.

Por Adriana Díaz