En 1979 estrellas como Roger Moore, David Niven o Claudia Cardinale protagonizaban Evasión en Atenea (Escape to Athenea), un discutible largometraje de aventuras bélicas que, pese a su acartonamiento, colocó a George P. Cosmatos en el panorama internacional. A partir de ahí, algunas colaboraciones con Sylvester Stallone (Rambo II y Cobra) o un aceptable western llamado Tombstone (1993), fueron las otras cumbres de una carrera instalada en la mediocridad. Con todo y con esto, el cine que recorría las venas del director italiano -fallecido en Canadá en 2005- trascendió a la siguiente generación; su hijo, Panos Cosmatos, camina firme -y se aleja de la anodina filosofía paterna- con su segunda película tras la sugerente Beyond the Black Rainbow (2010). Mandy (2018) resulta la confirmación de la contundencia estética de un realizador dispuesto a jugar con el fuego que supone transitar por el terror surrealista o el thriller de acción al mismo tiempo, malabarismos en el alambre siempre inestable de lo sobrenatural que en el film parecen acabar con un aplauso de satisfacción.

Ecos del lenguaje narrativo de David Lynch recorren esta rareza hipnótica que apela al Clive Barker de Hellraiser o a los motorizados freaks de Mad Max (1979) para dar forma a algunos de sus personajes más sanguinarios. Cosmatos referencia el cine de terror desde varios frentes, pues tampoco se olvida de figuras como la de Charles Manson y sus acólitos o la familia de psicópatas de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974). Hay varios gestos del director que apuntan a un dibujo de personajes más que consciente de su evocación cinéfila, trazos firmes que, a su vez, se desbordan dentro de un trabajo sobrado de personalidad; existe una autoría latente en las formas de la película a través de magnéticas estratagemas audiovisuales: juegos de intensos colores que vienen y van, ráfagas de luces, imágenes que juegan las unas con las otras y una banda sonora alejada de las estridencias de parte del abanico musical del género. En este sentido, el atmosférico talento del desaparecido Jóhann Jóhannsson vuelve a adaptarse a las demandas de un film que, pese al prejuicio que acompañaría cualquier thriller actual protagonizado por Nicolas Cage, se apoya durante gran parte de su metraje en el surrealismo más sofisticado y el vigor psicodélico de sus imágenes.

Toda esta calma, que transcurre elegante pero sin duda turbadora, desaparece en un momento de la película para dar paso a la purificación de la venganza. Ese último tramo, que no por cambiar el discurso es ni mucho menos peor, se convierte en la excusa para que Cage se desate dentro de algunos de los mejores planos que haya parido su carrera. El actor norteamericano recurre a la rabia del que es ultrajado para conformar un papel que lo devuelve -y muchos se lo perderán- al lugar en el que algún día estuvo. La réplica, que está a la altura de las crueles circunstancias, se la dan Andrea Riseborough, Linus Roache y Ned Dennehy, tres intérpretes que ponen de manifiesto el gran acierto no sólo en el ejercicio del casting, sino en la dirección del propio Cosmatos, premiado en el pasado Festival de Sitges.

Mandy es, por méritos propios, una de las sorpresas de la temporada. En el atrevimiento de su realizador y en las formas de su película se detecta éxtasis fílmico, droga cinematográfica que se disfruta y se sufre a partes iguales durante esta extraña pero irresistible pesadilla que parece concebida desde el mismísimo infierno.

Por Javier G. Godoy
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