La  llegada de septiembre nos recuerda cada año que las vacaciones no son eternas: todo tiene un ocaso y las obligaciones siguen esperando ese primer y fatídico lunes. También anticipa, en cambio, la llegada de una estación muy bella, más caduca que ninguna otra, y especialmente esperada por los cinéfilos. El mes que dejamos atrás llena nuestras carteleras de las primeras películas que durante largas semanas han inundado festivales y muestras de cine alrededor del mundo, dejando paso a una nueva temporada de filmes que nos devuelven a un lugar que nos encanta: la acogedora penumbra de un cine otoñal. Una de las primeras propuestas en llegar viene respaldada por su victoria en la Quincena de Realizadores de Cannes y sus tres galardones en la Semana internacional de cine de Valladolid: Espiga de plata, Mejor nuevo director y actor.

The Rider (2017) nos adentra en un mundo estático, anclado en la tradición del western clásico cinematográfico y el cowboy americano, con la condición de las nuevas realidades que poco a poco participan en este rodeo dramático. La delicada dirección Chloé Zhao consigue generar una extraña atmósfera de tranquilidad y complicidad que conecta con el espectador en tan sólo dos escenas, dejando que las imágenes hablen por sí solas: la belleza de un caballo de raza, su pureza y temperamento, se contraponen metafóricamente a las imágenes del cráneo desfigurado y la ira congelada de Brady (Brady Jandreau), protagonista absoluto de una cinta que cabalga sobre el documental dramatizado por sus altas dosis de realismo. Desde este punto el conjunto crece siguiendo un estilo de sensibilidad y poesía subyacente a un storytelling visualmente espléndido. Su naturalidad formal surge al apoyar con valentía la fuerza de la ficción en la propia realidad de sus protagonistas, actores no profesionales que abren su espacio vital a la producción para que ésta que confirme como parte de su proceso de normalización, pero también para contar desde dentro una historia en un contexto concreto, aunque con una ética universal.

El resultado es sencillamente precioso, detallista y evocador, colindante en ocasiones con lenguajes visuales utilizados por  Terrence Malick o la integridad sensitiva de David Lynch en Una historia verdadera (The Straight Story, 1999). Por el contrario, también es uno de esos casos en los que el continente desarrolla a través de la imagen todo lo que el contenido no consigue relatar en sus textos, en ocasiones tan rudimentarios como la vida misma, pero sin una trascendencia que pudiera aportar una capa de mayor complejidad. Así, el trabajo de Joshua James Richards en la fotografía ensalza el lirismo visual donde los ocasos antes dominados por nombres como John Ford se funden con la filosofía de un joven buscando la armonía en un lugar al que ya no puede pertenecer. Nacido por y para el mundo del rodeo, Brady (tanto el real, como el ficticio) deberá aceptar su nueva condición mientas su impulso natural le lleva a volver a lomos de caballos, lo que siempre había entendido como libertad, adrenalina y vida. Redefinir la identidad y reinventar los valores en un entorno árido serán sus retos; la honestidad, madurez y el afecto, sus amuletos.

Por Carlos Durango