Se ha rodado, se ha escrito y se ha dicho mucho sobre la enigmática figura de Marlon Brando, actor legendario y controvertida estrella del Hollywood clásico -también del “revolucionario”-, del que se sabe mucho pero se ha analizado con sutileza poco. Buenos trabajos como Listen to Me Marlon (2015) o el libro Las canciones que mi madre me enseñó (Anagrama, 1994) construyen su relato apoyados en una suerte de primera persona (el documental se desarrolla mediante audios de Brando y el libro está escrito por el actor con la colaboración de Robert Lindsey) aunque sin alcanzar la necesaria distancia que sólo se obtiene a partir de relatos ajenos a la visión propia del protagonista. Una personalidad laberíntica y magnética como la de Brando debería tener, como mínimo, una oportunidad de ser expuesta a través de la honestidad de aquel que habla con admiración pero con objetividad y cuya opinión está formada por la perspectiva, el respeto, el rigor y ninguna intención sensacionalista: Marlon Brando, un actor llamado deseo (Marlon Brando: un acteur nommé désir, 2014) es precisamente ese necesario trabajo, un documental de montaje convencional que tiene su mayor virtud en la apacible voz en off de Benn Northover, las manos que mecen inteligentemente esta disección dirigida por Philippe Kohly.

Austero aunque preciso, el documental se desliza por los avatares de una existencia difícil desde la infancia, condicionada por el comportamiento de su padre y la unión con su madre, una mujer cariñosa aunque algo errática -también poética, según el actor- atraída sin remedio hacia el abismo del beber. Moldeado en un ambiente en cierta forma hostil, Brando encarna la figura del que huye sin mirar atrás aunque eternamente atado a reminiscencias que marcarán muchas de las decisiones, a veces incomprensibles, del actor norteamericano.

Philippe Kohly deja fluir el domumental que se abre paso con la calma de un pequeño riachuelo. Sin supeditarse a la etapa o el hecho que se narra, Kohly renuncia a generar mayor expectación con la finalidad de conservar la misma línea de interés durante unos apasionantes 90 minutos. La voz del narrador Benn Northover suena de la misma forma sea cual sea el recoveco por el que transita, detalle significativo que pone de manifiesto lo fascinante de la figura, a veces monumental, a veces patética, de Marlon Brando. Como el propio actor quizá hubiese deseado, el documental nos ayuda a entender, o al menos a no menospreciar, el comportamiento de un insurrecto cuyas formas apacibles escondieron la rebelión más trascendente de un Hollywood acartonado primero, bebé llorón que acaba de nacer (Beatty, Ashby, Coppola, Hopper, Scorsese…) después. Brando abanderó una lucha silenciosa contra aquellos principios del cine norteamericano y que acabaría extendiéndose a protesta global por la mayoría de cosas que lo rodeaban (imperialismo del país, racismo, hipocresía de las élites…), aunque su filosofía, en apariencia justa pero inconcebible para la mayoría, pareció evolucionar hacia una doctrina egoísta y tirana deformada por la mezcla de sueños y recuerdos. Inevitablemente, esta actitud otrora subversiva y después caprichosa, afectó a su relación, no sólo con el sistema, sino con las personas que transitaron por su convulsa vida, sobre todo en lo que sus relaciones sentimentales se refiere.

Aunque el director evita plantear la pregunta de manera evidente y directa, lo que mejor hace Marlon Brando, un actor llamado deseo es lograr que el espectador se cuestione la verdadera vocación de Brando: ¿realmente quería ser actor? ¿cómo llegó ahí? ¿por qué su manera de interpretar era tan diferente a la del resto?. La impresión de neutralidad del documental, que parece poco apasionado pero que esconde esa atracción universal e ineludible por toda cuestión relacionada con el actor, invita a una reflexión pausada sobre las motivaciones de Brando para convertirse en un artista amado por el público y, en gran medida, odiado por directores y productores. No hay atisbo de manipulación en la cinta de Philippe Kohly, donde se respira honestidad y cariño por el icono, también por el hombre. Aquí, antes que la leyenda trasciende el deseo por aquel al que su propio destino llamó así y al que se respeta, incondicionalmente, por lo que la perspectiva del tiempo ha convertido en su rebelión calmada.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum