Resulta paradójico que el concepto del tiempo, una magnitud física que determina lo que duran los acontecimientos y lo que los separa, no suponga, en su esencia más sensorial, lo mismo para todos. A pesar de lo tangible de su significado, la percepción del mismo dependerá del sujeto observador, cuyas circunstancias de vida y diferentes estados de ánimo podrían condicionar su apreciación de cada segundo. Pero, ¿y si la realidad conocida y palpable se hubiese esfumado repentinamente?.

En la nueva película de David Lowery, el observador es un joven compositor de música fallecido tras un accidente de tráfico. Su cuerpo ya no pertenece al mundo de los vivos, pero su espíritu se ha resistido a cruzar el umbral del más allá, un lugar desconocido al que aún no quiere acceder pues sigue fuertemente arraigado a su mujer y al hogar en el que convivían. Ataviado con una sábana blanca, emulando la figura del fantasma tradicional y, quizá, su forma de representación más infantil, el espíritu del muerto regresa a la casa donde un día fue feliz sin esperar, seguramente, la dura realidad que espera tras la puerta.

Como perspectivas diferentes, A Ghost Story (2017) posee dos catalizadores del paso del tiempo después de la tragedia: el fantasma de C (Casey Affleck) deambula por las estancias de la casa a la vez que contempla el duelo y posterior marcha de la que fuese su mujer, destrozada primero, huyendo al superar el trauma después; por otro lado, la casa, escenario del cruel transcurso de los días y testigo mudo del camino abierto por la propia vida que, inevitablemente, va dejando recuerdos en la cuneta. Con sorprendente inteligencia, la narrativa del film permite, no sin cierta pretenciosidad fascinante, que el espectador contemple la conjunción de ambas realidades a partir del momento en que M (Rooney Mara) decide abandonar aquel lugar, marco de una etapa que debe cerrarse. Es en este instante cuando la magia del film de Lowery, que ya ha mostrado su contundencia con largos y perturbadores planos, se sitúa en el punto álgido de su clarividente ficción, aquella que acometerá la siempre difícil misión de atrapar a un público ávido de propuestas diferentes.

Inspirada, según el propio director, por largometrajes como El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001), o Post Tenebras Lux (2012) y rodada en 1.33 : 1, o lo que es lo mismo, en un 4:3 de esquinas redondeadas, A Ghost Story apela a la poética de su formato a la vez que se aleja de todo lo convencional, incluido gran parte del espectro del cine independiente norteamericano. Como uno de sus exponentes más interesantes, el realizador David Lowery vuelve a recurrir al existencialismo a través de una mirada introspectiva, sello de una filmografía que parece destinada a grabar con fuego muchos de sus nombres. Aquí, auspiciado por la química palpitante de Affleck y Mara y la épica intimista de la partitura compuesta por Daniel Hart, Lowery da a luz un relato mágico, filosófico y terrorífico, no porque haga incursión en el género de fantasmas desde un prisma clásico (aunque se suceden un par de secuencias que no evitan el homenaje), sino por su desgarrador discurso sobre el olvido y las heridas causadas por una espera que pierde su sentido cuando no se sabe a qué ni por qué se espera.

Como queriendo parafrasear a Charles Chaplin y su sentencia El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto“, el director de Milwaukee utiliza su propio eje narrativo para tomar una de las mejores decisiones del film: su conclusión, un momento de tremenda y dolorosa lucidez que confirma, como no podía ser de otra manera, la brillantez de todo un conjunto avalado por la solidez de su genuina puesta en escena y la profundidad del discurso. La carrera del joven Lowery, de 36 años de edad, parece no tener freno, pues en sus otrora prometedoras capacidades para la edición, la escritura y la dirección, hoy realidades incontestables, van a ponerse muchas de las esperanzas del cine indie norteamericano al que nunca conviene olvidar.

Por Javier G. Godoy
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