Antes de hablar de Boyhood, hay que hablar de su consistente prólogo que Richard Linklater comenzó hace veinte años con Antes del amanecer. En su encumbrada trilogía, el director ya dejaba pistas sobre sus inquietudes: en el primer capítulo, Jesse hablan sobre cómo sería visionar a las personas en su día a día. En el segundo (Antes del atardecer, 2004), durante esa conversación rebosante de tensión sexual, Céline le recuerda los pequeños detalles que recordaba de ese día con él. Y en la tercera (Antes del anochecer, 2013) el espectador está inmiscuido en una comida con amigos, una típica conversación de matrimonio o una fuerte pelea. Bien podía titularse esta saga “El amor según el paso del tiempo”.

Más que reflejar el tiempo, trabaja y juega con él. Su último trabajo (no es tan último, llevaba con él muchos años atrás) da un paso más: mostrar el devenir en su plena trivialidad. Es decir, mostrar la vida.

Juntar al equipo técnico y actoral una vez al año durante tanto tiempo no es fácil, pero ahí estaba el empeño, y sobre todo, el compromiso de sus actores. Cuestión crucial elegir un buen casting: para los papás optó por su hombre de confianza, Ethan Hawke y a una actriz que había estado en segundo plano. Después de convertirse en mito sexual de Christian Slater y ser una médium para la tele, Linklater le ha regalado  a Patricia Arquette el papel que merecía. Otro lado eran los niños: el rol de la mayor se lo dio a su hija, que todo quede en casa. Ya sólo faltaba contar con un protagonista que reflejase el paso de la etapa escolar, que protagonizase algo tan universal como es la niñez o la pubertad. Tal compromiso recayó en Ellar Coltrane. Y en 2002 se inició un secreto a guardar durante doce años que podrían ser casi de esclavitud. No, de fe.

Pocas películas con ritmo tan pausado enganchan tanto al espectador. Pero nada más empezar, cuando se oye la voz de Chris Martin entonando Yellow, se sabe que Richard no nos va a fallar (ni tampoco el resto de la banda sonora).

Boyhood8

Lo que transpira la pantalla es la vida en su estado más auténtico, sin ningún conservante añadido. La más mundana y típica vida proveniente de su Texas natal. Explaya el crecimiento de un chico, Mason, y obsequia con retazos de una infancia que torna a adolescencia, en la que cualquiera se puede ver reflejado (más si eres un chaval norteamericano, claro está). Enseña la vida pasar, por ello el espectador –al igual que se reconoce en los capítulos de la trilogía- también se encuentra en los 166 minutos. Las fiestas de cumpleaños, las desilusiones, los amigos, los padres, los primeros besos, el instituto, un hermano/a abusona, las excursiones de fin de semana… He ahí otro mérito del cineasta: no caer en lo monótono y que la narrativa entera tuviese ritmo y fluyera.

Linklater merece todo palmarés que se precie. Su mensaje ha quedado claro: el cine es ficción, pero también es vida. Boyhood es ya un clásico. Por tal proeza bien merece la estatuilla este domingo.

¡Mucha mierda esa noche, Richard!

 

Por María Aller.
@Llesterday_Mary