Érase una vez un héroe que se sentía escudero. Él lo único que deseaba era proteger a los personajes secundarios de sus cuentos favoritos, pero realmente eran ellos los que nunca le abandonaban y quienes le daban fuerzas cuando él más lo necesitaba. Inventó una historia sólo para estos amigos y supo volcar todos sus sentimientos en la creación de este mundo imaginario, en lugar de hacerlo sobre las frías hojas de un diario, pero aun así seguía sintiéndose un personaje secundario… en realidad, nunca deseó ser otra cosa…

Cuando escuchamos que se hace alusión a la compañía Walt Disney con epítetos como “el estudio de los sueños”, hay quien piensa que no se trata más que de una exageración, hasta cierto punto, impulsada por la ciclópea estrategia de marketing de la que dispone este gigante del entretenimiento. En cambio, si dejamos de lado los estratosféricos números y el escepticismo que a veces genera todo lo relacionado con el capitalismo y miramos dentro de nosotros, nos daremos cuenta de que (casi) todos guardamos un pedacito imborrable –unos más grande, otros menos– de un Walt Disney que, aunque sea único y diferente para cada uno, a todos nos regaló momentos realmente mágicos que marcaron una época de nuestra vida y la hicieron un poquito más bonita. Precisamente de esa importancia casi universal nos habla Roger Ross Williams en su último documental: Life, Animated, extraordinario trabajo que estuvo nominado al Oscar como Mejor documental del año pasado. El director de God loves Uganda (2013) busca a través de esta emotiva pieza abrirnos los ojos a una faceta de la compañía tan real como inspiradora y que la lógica tiende a hacernos pensar que no existe: Walt Disney como contacto con la realidad; todas esas historias fantásticas de niños voladores y princesas encantadas, teóricamente irreales, se nos presentan como una ventana a través de la que mirar y entender el mundo.

Por medio de la maravillosa historia real de Owen Suskind, un niño con autismo que aprendió a comunicarse con el mundo real a través de las películas de Disney, y de escenas generadas por animación tradicional en honor a las películas más importantes del estudio, Ross Williams construye un símil tan precioso como desgarrador entre el dolor de unos padres destrozados por dentro, obligados a convertir su vida en un cuento de Disney para poder relacionarse con su hijo, y el drama que verdaderamente esconden la mayoría de películas de esta factoría a pesar del delicioso envoltorio con el que consiguen enamorarnos –crudeza que queda más patente en los cuentos originales en los que se basan muchas de ellas, como los de Hans Christian Andersen, los de los hermanos Grimm o los de Charles Perrault–. Es muy interesante, estructuralmente hablando, cómo se nos acerca a esa progresiva unión de la ficción con la realidad que se ve obligado a emprender Owen cuando es pequeño para poder vivir en sociedad: la escena protagonizada por los actores de doblaje, que son el ejemplo literal de ese vínculo realidad-ficción, está inteligentemente colocada tras el descubrimiento de que Owen relacionaba cualquier aspecto de la vida real con una película de la compañía.

© A&E IndieFilms / Motto Pictures / Roger Ross Williams Productions

© A&E IndieFilms / Motto Pictures / Roger Ross Williams Productions

Los minutos van pasando y se nos plantean muchas cuestiones dignas de robarnos tiempo de reflexión: ¿hasta qué punto y en qué circunstancias es positivo para una persona con discapacidad que se espere lo mismo de ella que de cualquier otra? ¿Se puede relacionar cada momento de toda una vida con un episodio de Disney? ¿Hasta dónde se puede llegar vinculando sentimiento, acontecimientos e ideas de estas películas con el mundo real? No cabe duda de que la capacidad de relación de Owen es fascinante al poder encontrar una escena de Disney para cada momento de su vida pero, evidentemente, hay aspectos de la misma para los que el estudio de animación no puede prepararle. Lo que no deja de estar presente es una de las más destacables señas de identidad de la factoría: la inconmensurable riqueza y peso de los personajes secundarios y compañeros de aventuras de los héroes protagonistas –en este caso también en un nivel extracinematográfico, no en vano son ellos los que brindan el más importante apoyo a Owen en uno de los momentos más difíciles de su vida–. Walt Disney siempre tuvo clarísimo que tan importante como los protagonistas son el resto de personajes que los acompañan, los complementan o se enfrentan a ellos, y esa aportación a la construcción de cualquier proceso creativo es algo impagable. Sin embargo, como en toda gran historia, en esta hay un protagonista, sí, pero no solo un héroe, ya que todos los personajes que están a su lado también son auténticos superhombres: unos padres que entregan su vida a la felicidad de Owen, unos amigos que comparten la misma carga que él y que se ayudan mutuamente, un amor que camina de su mano y que le ayudará a madurar y, probablemente el más importante, Walter, su hermano mayor, que aunque se auto castigue por no haber estado a la altura en algunos momentos, es un cimiento vital para Owen al que vemos cómo el tiempo le va dando el peso que el destino le había preparado desde que nació –como a muchos héroes de cuentos–. Y es que en la vida real, como en los cuentos y en las películas de Disney, sólo cuando el protagonista siente el amor y el apoyo de los suyos es posible escribir un final feliz.

… Pero entonces se enfrentó al desamor, a la crueldad, a la soledad y al miedo; los plantó cara y creció, se hizo más fuerte, muchísimo más, y fue en ese momento que el escudero aceptó su rol verdadero: un héroe orgulloso de serlo, y ese Peter Pan aprendió que, en realidad, crecer no es algo tan horrible.

Por Martín Escolar-Sanz