Dado el gran recibimiento que Comanchería (Hell or High Water, 2016) ha tenido a lo largo y ancho de las salas de exhibición de todo el mundo, consiguiendo -junto a Moonlight (2016)- impulsar el cine independiente hasta la carrera por los Oscars (ganadora de tres Oscar, incluyendo Mejor Película), aprovecharemos la ocasión para hablar de otro gran film dirigido por David Mackenzie que, más que haber sido olvidado, simplemente ha quedado relegado en un almacén cinematográfico al que pocos se atreven a entrar y cuya existencia seguramente sea desconocida por muchos otros.

Hablamos de Perfect Sense (2011), película ambientada en Glasgow (Inglaterra), en un presente distópico que poco discierne de nuestra realidad actual. Al igual que otras películas apocalípticas como Estallido (Outbreak, 1995) o Contagio (Contagion, 2011), ésta utiliza la propagación de una epidemia como hilo conductor de su historia, generando una vorágine de reaccionas y comportamientos que provocan la metamorfosis de la sociedad, aunque por una vez su propósito sea muy diferente a todo lo que habíamos visto antes, alejando su trama de la exaltación del thriller y acercándola a una mirada más social y humanística.

Cabe destacar esta película como un relato lejos de ser uno más sobre un virus, tampoco es una historia de amor sin entrañas, ni tan siquiera –aunque lo parezca- una producción sobre la explosión de la masa social o como llega el hombre al extremo final. Perfect Sense es una película que va más allá, diseccionando las emociones de los protagonistas en una ambientación plenamente melancólica a través de una situación en la cual una plaga completamente desconocida provoca en la gente la pérdida de sus sentidos; uno a uno comienzan a apagarse ante la atónita impasividad de una sociedad que se ve desbordada y completamente bloqueada. ¿Has pensado alguna vez cómo viviría una sociedad sin olfato, gusto, oído o vista?

El realizador inglés nos aporta su visión sobre cómo el mundo afrontaría esta pandemia con una semblanza asombrosa, calibrando emociones con interrogantes universales y resolviendo impedimentos con fluidez narrativa y un laborioso montaje. Es interesante pensar en cómo muchos recuerdos quedan asociados a estímulos sensoriales que los personajes de este mundo dejarán ahora de apreciar, amplificando así su desconexión con el entorno de manera proporcional a su sentimiento de soledad, desconcierto y agobio. No obstante, este metafórico apocalipsis no resulta si no el impulso del renacimiento de un espíritu de superación en una humanidad en pleno aprendizaje a partir de sus errores, que empieza a conocer como apreciar las pequeñas cosas -incluso las insignificantes-, reinventa sus procesos creativos, vuelve a encontrar su carpe diem y genera nuevos recuerdos irreemplazables en el baúl de su mente.

© BBC Films / Zentropa Entertainments / Scottish Screen / The Danish Film Institute

© BBC Films / Zentropa Entertainments / Scottish Screen / The Danish Film Institute

Algo admirable de este film es cómo logra hacernos sentir las vivencias de sus protagonistas Michael (Ewan Mcgregor), un cocinero perseguido por los remordimientos de sus actos y absolutamente incapaz de amar, y Susan (Eva Green), una epidemióloga frustrada por sus continuos errores en la búsqueda de una razón científica para este nuevo virus y su abnegación del amor. Nos adentramos en sus primeros acercamientos hasta su fusión final en un eterno abrazo abrazo con una mirada intimista hacia su relación, exaltando maravillosos detalles sensoriales  acrecentados por una banda sonora arrolladora hasta el último aliento de las imágenes de la película. A ello debemos sumarle el hábil entrelazado de algunos momentos de tipo falso-documental, los cuales logran extender el virus originado tu mente más allá de la acción principal, aportando una visión global de los hechos. Al fin y al cabo, somos todos humanos.

Su escasa hora y media de metraje se transforma en un progresivo y contundente desarrollo de emociones. Su magnífico resultado no es algo capaz de ser apreciado desde el inicio, donde se juega con la confusión del espectador para reflejar la de sus protagonistas, es algo que comienza a llenarte poco a poco y termina inundándote. Sus planteamientos sobre la adaptación de la sociedad y las relaciones juegan con maravillosos relatos de José Saramago donde hechos repercusión a gran escala dan paso a la focalización en acciones e individuos concretos para reflexionar acerca de la humanización de entornos por hostiles que parezcan.

Nadie se salvará de emocionarse ante esta historia de romanticismo nostálgico y lúgubre en medio de un cataclismo global por el que las multitudes son privadas de sus bienes más preciados; sus sentidos. Su desenlace no les dejará indiferentes mientras que la música de sus créditos les ayuda a asimilar la genialidad que acaban de ver.

Por Carlos Durango