A pesar de que las nominaciones a los Premios Oscar funcionan como una herramienta publicitaria capaz de atraer al cine a un público no muy frecuentador, siempre hay alguna joya audiovisual que, por no atravesar el filtro de los académicos, queda relegada a un segundo plano del que es muy difícil ser rescatado. Fruto de estos despistes, muchos títulos quedan ocultos para un colectivo de espectadores que no sólo busca tener un recurso más con el que enriquecer su experiencia social, sino que además pretende disfrutar – en aquellas ocasiones en las que se desplaza a una sala – con lo que muchos calificarían como “buen cine”.

Sin  embargo, ¿qué es el “buen cine”? Estas nominaciones – tan atractivas como popularmente reconocidas – no dejan de funcionar como cebos que, pese a incluir entres sus filas obras de indiscutible calidad, también portan consigo la maldición de la corrección política. Prueba de ello es que, allá por el año 2015, la Academia otorgó el premio de Mejor Documental a la socialmente necesaria – pero cinematográficamente mediocre – Citizenfour (2014) y dejó a Red Army (2014) sin tan siquiera una nominación. Como muy bien defendió el co-fundador de Sony Pictures Classics, Tom Bernard, resulta incomprensible que la Academia no considerase a Red Army como – al menos – una de las aspirantes a la nominación. El filme que Gabe Polsky (Estados Unidos, 1979) dirigió, produjo e incluso escribió, no sólo es uno de los documentales más interesantes de los últimos años, sino una lección de cómo el cine de calidad puede venir de cualquier parte: ya sea de un todopoderoso cineasta o de un joven director poco experimentado.

Polsky, hijo de inmigrantes soviéticos, decidió llevar a la gran pantalla la historia de los integrantes del equipo de hockey de la Unión Soviética sin sólo centrarse en la impronta que éste dejó sobre la historia del deporte internacional, sino aprovechando la ocasión para sumir al público en una experiencia cinematográfica que iría más allá del mero entretenimiento. Valiéndose de un montaje y edición fabulosos y de una apasionante banda sonora firmada por Christophe Beck, Red Army brinda la oportunidad de asistir a una exclusiva lección de historia sobre la Unión Soviética, el comunismo, la utilización del deporte como arma propagandística, la política de la Guerra Fría y el sentimiento de patriotismo de unos jóvenes que, pese a haber sufrido las consecuencias de un sistema rígido y feroz, aún mantenían una irrompible y admirable conexión con sus orígenes y su país.

Centrándose en la figura de Viacheslav Fetisov, leyenda del hockey y posterior ministro de deporte bajo la administración de Vladimir Putin, Gabe Polsky construye un documental que muy bien podría ser considerado un drama. Uno de esos dramas que, después de haberlos visto, deja al espectador con ganas de aprender y saber más sobre su historia y personajes. Algo que, teniendo en cuenta que estamos ante un documental de carácter histórico, es perfectamente posible. Estamos de enhorabuena.

Por Nicolás G. Senac