El mayor problema de La reina de España es que, a lo largo de su metraje, no llega a descubrir qué película quiere ser. Comienza como un drama, narrando el regreso de Blas Fontiveros (Antonio Resines) a España y al cine, en pleno auge del franquismo; y ahí podría esconderse una obra interesante, matizada, melancólica. Continúa como una suerte de mirada histórica al imperio cinematográfico que Samuel Bronston construyó en nuestro país, y allí también podría aparecer un film apetecible, una reflexión apasionante por parte de un cinéfilo de la talla y autoridad de Fernando Trueba. Pero, ¡ay!, entre estas dos películas en potencia, La reina de España recuerda de pronto que es, ante todo, una secuela de La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998), y pretende reverdecer aquellos laureles.

Es entonces cuando irrumpe una tercera cinta que acaba por dar al traste con las otras dos, porque el periplo madrileño del equipo de Fontiveros queda muy lejos de su aventura berlinesa: los gags, en su mayoría, resultan pálidos recuerdos de los de la primera entrega; los personajes de aquella han perdido lustre, y la química que compartían también; y los nuevos oscilan entre la caricatura grotesca (Cary Elwes, Clive Revill como trasunto de John Ford) y el apunte sugerente pero desaprovechado (el comunista blacklisted de Mandy Pantinkin). Y la trama principal, sustentada por Fontiveros y la “reina” Macarena (Penélope Cruz) avanza a trompicones, con un ritmo descompensado y una lectura política que, además de resultar demasiado evidente, no se integra en la película con la fluidez con la que lo hacía su equivalente en la primera parte.

Al fin, si La niña de tus ojos era una comedia vibrante y dinámica con un poso de amargura, esta tardía secuela parece un drama con gags. Rematada, además, por una explosión de reivindicación y dignidad que recuerda más a la acartonada nostalgia patriótica de José Luis Garci que al juguetón guiño a nuestro pasado que puso en pie Fernando Trueba hace casi dos décadas. Supongo que siempre nos quedará Berlín.

Lo mejor: los minutos iniciales. La reunión en pantalla de Mandy Patinkin y Cary Elwes.

Lo peor: la pretendida épica de la reivindicación final. Y algunos gags.

Por Juanma Ruiz
@JuanmaRuizP