Supongo que Jamel Debbouze sabe lo que es sentirse diferente al ser un franco-marroquí en París: bajito, piel oscura y con un brazo inutilizado debido a un accidente de tren. Entre otras cosas de esto nos habla El Reino de los monos (Pourquoi j’ai pas mangé mon père, 2016), del sentirse diferente. Debbouze aprovecha la comedia para incluir una crítica social a la Francia -y a la Europa- actual donde la diferencias se prejuzgan y se miran con recelo. El director, hijo de inmigrantes marroquíes, seguramente conoció un París mucho más duro y parecido al de La Haine de Kassovitz que al de Amélie de Jean-Pierre Jeunet, donde interpretaba al frutero inmigrante Lucien. Intenta que su mirada de ciudadano de segunda llegue a todo el mundo, desde los niños a los adultos, para no cometer los mismos errores y ya que uno es un famoso cómico, actor premiado y nominado ¿por qué no aprovecharlo y valerse de una película de animación como si de un megáfono se tratase?

Rodada con la técnica del motion capture los actores son grabados con varias cámaras para recoger todos sus movimientos y gestos y trasladarlos al ordenador e imprimir esa “personificación” en los rostros haciéndose reconocibles Debbouze, Fernandel y el Gran Louis de Funes entre otros, lo que no deja de darnos una sensación extraña, como de personajes de videojuego. La película es una montaña rusa visual tanto por sus imágenes como por los hechos que relata, de hecho algún niño podría salir de la sala con sobredosis de información. Su frenético ritmo no cesa en ningún momento del metraje y se aprecia en todo momento la intención de que nada pare para no perder la atención del espectador.

El film cuenta la historia de Edouard (Debbouze), un simio pequeño, poco peludo y con un brazo inútil, primogénito del Rey de los monos que es repudiado y abandonado en beneficio de su hermano que nació minutos después de él y mucho más parecido a sus padres: grande, fuerte y con mucho pelo. Asistiremos al momento evolutivo que supone la bajada de los árboles de los homínidos y lo que implica el comenzar a andar a dos “patas”. La forma en que este hecho se muestra es todo un acierto, ya que se aleja de la dinámica de Disney o de Pixar, todopoderosas factorías de animación con las cuales no puede compararse ni de lejos en lo que a presupuesto se refiere; para contrarrestar ese handicap se sirve del humor a todos los niveles, tanto infantil como socarrón o incluso escatológico tan francés (buen ejemplo serí la serie Asterix) haciendonos pasar un rato muy divertido. Sin embargo, no olvida su noble mensaje, ese que podemos encontrar en películas de animación igualmente enfocadas a toda la familia, aderezado por su selección musical, muy actual, y sus bailes anacrónicos -hay que tener muy en cuenta que en Francia el Hip-Hop es religión- que hacen que nuestros pies se vayan solos y tengamos una sonrisa casi permanente en la boca.

La ópera prima de Debbouze está siendo todo un éxito en Francia a pesar del riesgo que supone hacer una película de animación, no obstante está consiguiendo enganchar con “enfants” y mayores, lo que ya en sí es todo un logro. Al fin y al cabo es esperanzador pensar que en un mundo de diferentes, a veces, el más diferente puede ser el rey.

Lo mejor: su ritmo vertiginoso y su socarrón sentido del humor.

Lo peor: los prejuicios ante la animación europea y un bombardeo de gags y situaciones no resueltas del todo.

Por Javier Gadea
@javichul