Es probable que el desarrollo del ser humano como individuo social esté influenciado más por sus errores, que por sus aciertos. Caer, quedar herido, y sanar; somos expertos en ello, aunque sea habitual volver a sentirse un principiante cuando la piedra que nos derriba es diferente a todas las anteriores. Los recuerdos del trauma, tras la experimentación de las leyes de la gravedad emocional en la caída, y las herramientas confeccionadas para sobreponerse a las adversidades serán características que tracen los rasgos de una personalidad en continua germinación. Éstos son aspectos denotados en películas como Rosas salvajes (Dzikie róze, 2017), capaces de acercarnos a personajes en procesos de sanación complejos tras erratas en el guion de sus vidas. Individuos abocados a vivir en espacios anímicos desequilibrados, y contextos aciagos, que desfiguran su identidad para afrontar nuevas condiciones, como se encarga de señalar sutilmente la dirección del film con la colocación deliberada de ciertas figuras fuera de foco.

Demostrando su ingenio narrativo, el desarrollo de la obra prefiere utilizar estas muletillas técnicas, esquivando alardes de mayores peripecias, centrándose así en lo esencial de un drama de construcción lenta, aunque firme, y destacando matices que nos acercan a lecturas más complejas de sus perspicaces alegorías; no es casualidad que las rosas salvajes de su título sean el tótem que atraiga la vorágine de acontecimientos o que las verdaderas protagonistas sean tres generaciones de mujeres. Se opta, además,  por elevar estos detalles recurriendo a encuadres estudiados minuciosamente, escenas con gran armonía y un trabajo de dirección actoral adecuado para representar lo que la cámara no permite ver, y los textos prefieren callar. Son los silencios –también los estallidos- y la cuidada interpretación de Marta Nieradkiewicz los que relatan la historia hasta el punto en el que descubrimos cuál es la herida que no para de brotar en la conciencia de Ewa. En ese momento, la incertidumbre generada previamente ofrece paso al razonamiento ético liberando un torrente de feminidad enérgica encabezado por su directora Anna Jadowska, quien no dudó un momento en la necesidad de realizar tal película con un equipo técnico formado casi en su plenitud por mujeres.

La moral feminista y los toques de aguda humanidad refuerzan un relato reivindicativo que pone voz a la figura maternal en la familia y la educación, frente a la estanquidad del machismo rural o la fatigosa tradición religiosa. El cine polaco ha encontrado un retrato realista y amargo de la realidad de muchas mujeres, que goza de una dirección acertada y no se olvida de pincelar su característica preocupación moral, acompañada de ingeniosa crítica social e interés por extender el conocimiento de las comunidades más vejadas de su territorio. No cabe duda de que son más fuertes los aspectos a destacar en esta obra, que los minutos de desconcierto que el espectador debe superar hasta descifrar el motivo por el que está frente a la pantalla. Una vez descartada la tentación de desidia, la empatía emocional nos arrastra al desgarrador final de este férreo relato que deja un poso naturalidad difícil de obviar.

(Actualmente en el catálogo de Filmin)

Por Carlos Durango