Es hora de morir.“, sentenciaba el actor Rutger Hauer durante su mítico monólogo como el replicante Roy Batty en las postrimerías de Blade Runner (1982). Por aquel entonces, cualquiera pensaría que aquel lluvioso y poético cierre era el broche de oro de un clásico intocable, pero nada se resiste a las aspiraciones de un Hollywood que se agarra más que nunca al tirón de sus grandes logros. La idea de realizar la continuación de uno de los mayores éxitos de la historia de la ciencia ficción demuestra, una vez más, que no hay un lugar privilegiado para los guiones arriesgados en el firmamento del cine norteamericano más mainstream, aunque sí para las precuelas y secuelas de los trabajos que marcaron época.

Pero da la casualidad de que detrás del proyecto se encontraba un tal Denis Villeneuve, responsable de una destacable filmografía que, a pesar de algún altibajo, había demostrado sus enormes capacidades como realizador y una soltura inusitada para el manejo de los diferentes géneros por los que ha transitado. Tras el éxito de un film como La llegada (Arrival, 2016), Villeneuve encabezaba la lista de directores capaces de sacarle partido a una nueva incursión en el imaginario “runner”, y es por por este motivo que la fe en la película pudo materializarse también en los potenciales espectadores. Solo quedaba esperar que el respeto por lo significativo del trabajo de Scott primase frente a la necesidad de reventar la taquilla mundial.

En Blade Runner 2049 (2017) hay amor; al cine y al film original. La película vibra, huele, siente… vive; pero no es Blade Runner. La comparación será absolutamente inevitable, pero a nadie le conviene, tampoco al público. Villeneuve rueda con la eficacia de la mayoría de su cine anterior: elegante, impoluto en sus formas, delicado en sus escenas más intimistas, implacable en los momentos de mayor ritmo argumental. En 2049 hay ADN de Incendies (2010), de Enemy (2013), Sicario (2015) o La llegada; hay ADN del canadiense, señas de identidad de un director imponente que ha pretendido dar a luz una nueva película en lugar de imitar al clásico. Sin embargo, esto tiene dos lecturas que se enfrentan: por un lado, confirma lo atractivo de una propuesta que alcanza cotas de cine-espectáculo de alto nivel; por otro, el objetivo de evitar el acercamiento excesivo a la obra de Ridley Scott ha provocado la pérdida de su esencia, de su magia… de su sutil grandeza como hito Sci-Fi.

Entonces, ¿qué consecuencias tiene este alejamiento de la naturaleza del original?. Obviamente existe un factor de subjetividad muy importante, pues en cierta forma esas conclusiones dependerán del espectador que decida volver a sumergirse en los futurismos del universo replicante, de su propia nostalgia y de su empatía con un nuevo enfoque visual y alejado de las maquetas de Douglas Trumbull y de la fotografía oscura y más intimista de Jordan Cronenweth. En este aspecto, existe una nueva grandilocuencia narrativa a través de las técnicas de efectos especiales más depuradas, y la fotografía, siempre al servicio de las películas en las que participa, del genial Roger Deakins. Es evidente que estas características podrían interpretarse como virtudes, pero amenaza, durante y tras su visionado, la sensación de que el film sufre un importante desgaste ante la necesidad de causar asombro mediante lo puramente visual.

David Webb Peoples y Hampton Fancher construyen un guión continuista, respetuoso y con personalidad propia, pues se dan pocos guiños forzados a la original, recurso facilón muy utilizado en los homenajes de Hollywood a sí mismo. El largometraje huye de manipulaciones emocionales, pero se apoya más en la fuerza de lo que vemos y oímos que en la energía de su mensaje. Blade Runner 2049 asume peligrosamente su condición de derivado y deja de lado lo elegíaco de su predecesora, por lo que pierde toda posibilidad de contener la riqueza de la distopía de Ridley Scott, trabajo metafórico y plagado de alegorías. No hay mucho espacio para lo sutil en la película de Villeneuve, sí para el ingenio de quien sabe hacer cine. Tampoco es una película para las estrellas que la conforman (por mucho Ryan Gosling que la protagonice), pues su abrumadora estética eclipsa cualquier intento de estar por encima. Hay menos lugar para los claroscuros de Cronenweth, pero más para el despliegue colorista de un futuro que sigue optando por el “retiro” como medida de protección ante los replicantes, más humanos que los propios individuos que les dieron la vida. Blade Runner 2049 tiene carácter, aunque no es Blade Runner. Pero ¿quién es uno para juzgar eso?.

Lo mejor: está rodada con clase, elegancia y la mejor épica futurista. Abrumadora en lo visual.

Lo peor: se mire por donde se mire, está muy lejos de su fascinante predecesora.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum