Alguien dijo una vez que el cine es un lugar en el que durante dos horas los problemas son de otros. Aunque tenía mucha razón, hay autores decididos a “molestar” al público con sus trabajos y a coger de la solapa al espectador con la intención de que, al final, los problemas de los protagonistas atraviesen la pantalla. Yorgos Lanthimos es uno de esos creadores, un tipo capaz de perturbar con sus planteamientos de tal modo que la forma, hostil y agresiva, acaba imponiéndose al fondo, más complicado de analizar que la radical manera de contar historias. Como Haneke o Lynch, domina la construcción de atmósferas claustrofóbicas a través de planos fijos donde el estatismo teatral de los elementos que los conforman -objetos o personas- actúa como factor de opresión para el público. La decisión de distribuir así a los actores y las cosas no es gratuita, pues acaba por resultar un aspecto referencial dentro de un escenario generalmente significativo. Es, por tanto, en lo desafiante de su lenguaje narrativo, donde puede encontrarse el músculo del cine del realizador griego.

A partir de ese planteamiento visual, Lanthimos -junto a su inseparable coguionista Efthymis Filippou– ha diseccionado los colectivos a través de una obra arriesgada y desasosegante. Canino (Kynodontas, 2009), Alps (Alpeis, 2011) o Langosta (The Lobster, 2015), transitaban con diferentes argumentos por la compleja naturaleza del ser humano situándolo siempre dentro de una estructura comunal. La familia, un equipo, o una distopía que divide solteros y emparejados, han sido los continentes -siempre deformados por una visión ligeramente posmoderna– donde se ha desarrollado el comportamiento de los personajes creados por y para su obra. Ahora, en El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017), existe un regreso a la problemática dentro del núcleo familiar donde, más que en ninguna otra película de su filmografía, cobra importancia el factor externo, verdadera amenaza de la aparente paz doméstica y, a su vez, figura alegórica de la hipocresía implícita en la sociedad actual; la película parece querer dar una forma metafórica a los conceptos sobre la condición humana que se manejan, aquí profundamente oscuros.

El sacrificio de un ciervo sagrado, que supone el segundo trabajo en inglés y con actores internacionales del director griego tras Langosta, plantea una disyuntiva surrealista a la vez que trata temas como la redención, la madurez, y el miedo, siendo este último aspecto lo que Lanthimos maneja de forma más genuina. El largometraje, que en principio hace gala de su condición de thriller psicológico, serpentea entre las posibilidades del terror más puro, que no es ni más ni menos que la sensación resultante de ver peligrar a los seres queridos. Este binomio de género tiene como consecuencia principal el fascinante dibujo de unos personajes cuyo arco emocional se antoja peligrosamente ambiguo: ¿Quién es quién?, ¿cuánto hay de verdad y razón en los argumentos de su comportamiento?, ¿hasta dónde pueden o quieren llegar para salvar su alma?. Estas preguntas, que podrían ser o no contestadas, parecen flotar en el aire mientras los protagonistas se deslizan a través de las escalofriantes escenas de la película, aunque es Martin, interpretado de manera estremecedora por Barry Keoghan, el verdadero catalizador de la creciente tensión narrativa del film; en consecuencia, la figura humana que encarna todas las posibles incógnitas. Quizá también sus respuestas.

Existen en El sacrificio de un ciervo sagrado ecos del cine de Stanley Kubrick a partir de algunas elecciones formales; los movimientos de cámara (el uso de la Steadicam, algunas variantes del zoom…) o su banda sonora, una selección de sonatas y movimientos clásicos como Rejoice IV: And He Returned to His Own Abode o Hecatone, traen a la cabeza en buena parte del film algunos pasajes de películas como El resplandor (The Shining, 1980) o Eyes Wide Shut (1999). Es inevitable (y posiblemente necesario) pensar en la influencia del cineasta norteamericano en la propuesta de Lanthimos, pues fue uno de los grandes especialistas en reflejar las inquietantes dualidades de los protagonistas de sus historias además de dominar, como si nada, la simbología implícita en los relatos. Apoyado en tan jugosa referencia y en el complejo y verosímil trabajo de los actores -donde además de Keoghan también destaca Nicole Kidman– el realizador griego vuelve a ponerse en el filo de la navaja para mostrar, a su manera acartonada y teatral pero siempre fascinante, un laberinto donde la sangre podría ser la vida.

Lo mejor: La evolución de los personajes en una atmósfera claustrofóbica, opresiva y magnética.

Lo peor: Previo al clímax final, sufre un ligero bajón de ritmo.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum