Tras once años de su última película, la estupenda Vete de mí (2006) que le supuso el Goya al mejor actor a Juan Diego, la vuelta a la dirección de Víctor García León supone una muy buena noticia para el panorama del cine patrio. Debutó con la notable Más pena que gloria (2001), radiografiando el viaje iniciático de un adolescente y que le supuso la nominación a la dirección novel. Su segundo film, la mencionada Vete de mí, suponía su confirmación como buen director, mostrándonos el conflicto generacional entre un padre calamidad y un hijo responsable que hacía las veces de progenitor. Selfie (2017), que levantó expectación en el Festival de Málaga de este año donde se hizo con el premio de la crítica, se aparta del ámbito particular o familiar para acercarse a la parodia o sátira social teniendo como  referentes a Berlanga y Azcona. Con alegría debo reconocer, que para disponer de un presupuesto ínfimo y contar la actualidad casi a tiempo real, el experimento no le ha salido nada mal.

Selfie nos cuenta, a modo de documental o tele-realidad, la historia de Bosco (Santiago Alverú), el hijo de un ministro corrupto del PP, que cuando encarcelan a su padre verá como su mundo se desmorona, su entorno le da la espalda, tendrá que abandonar la casa familiar y hasta es expulsado del máster que estudia. En su búsqueda de un sitio para dormir y un plato de comida desembarca en Lavapiés, donde se hará pasar por un joven políticamente comprometido y pedirá  ayuda a jóvenes del entorno de Podemos.

Con un tono muy ácido, sobre todo en la primera mitad de la cinta, el director acierta de pleno al enseñarnos a ese heredero de la clase dominante que lleva en su ADN lindezas como el trato de favor, el tráfico de influencias y en general corruptelas varias. La cinta es una crónica social abrasiva y contundente, que, pese a quien le pese, estamos viviendo y sufriendo en estos días. El personaje de Bosco y sus circunstancias son claro ejemplo de ello: Bosco actúa como actúa porque lo ha mamado, en beneficio propio pasará por encima de quién sea, provoque lo que provoque, pues tiene el individualismo como auténtica filosofía de vida. Por eso, esquivará sus convicciones (si acaso las tuviera) y acabará pidiendo ayuda (o más bien sacará provecho) de la gente de Podemos, aunque tenga que mentir y hacerse pasar por quién no es. Y claro, la falta de principios choca con el (tal vez ingenuo) compromiso y activismo que encuentra. Selfie es lo que es gracias a su protagonista, Santiago Alverú, está enorme en el papel de Bosco, un caradura y cretino a partes iguales, porque comprende completamente su personaje, tiene clarísimo lo que quiere transmitir y está en completa sintonía con su director. Habrá que seguir su trayectoria y esperar que no sea flor de un día, porque es todo un descubrimiento.

Echo en falta, en la segunda mitad del metraje, un poco más de mala leche. Cuando la historia entra en su parte más edulcorada y se centra en la historia del trío protagonista, pierde acidez y esto juega en su contra. Una apuesta más radical con un final más amargo podría haber hecho que nos encontrásemos con una nueva La escopeta nacional (1978), pero, tal vez, la sociedad española de 2017 sea demasiado “moderada” para ello. A pesar de esta última consideración, es una apuesta nueva y se antoja necesaria, una propuesta original y divertida para reírnos de nuestras miserias. Y eso, actualmente, en el cine español es digno de aplaudir.

Lo mejor: el protagonista, proyecto de un supercorrupto.

Lo peor: que baje el listón de la sátira y el humor negro.

Por Javier Gadea
@javiergadea74