Las guerras se guardan en la memoria como bastas heridas palpitantes difíciles de cerrar en aquellos que las sufrieron y aún latentes en sus descendientes; son brutas, sucias y crueles muestras del absurdo sinsentido al que el homo es capaz de llegar cuando olvida aquello de sapiens. A pesar de ello, el cine no siempre logra captar ese sentimiento desgarrador que mancha continuamente la Historia en diferentes puntos del mapa, por diferentes motivos y con diferentes protagonistas, siendo pocos los directores capaces de acercar a los espectadores hasta el lodo sentimental de las guerras, donde el drama y la muerte no sólo está en el campo de batalla, sino también en la cama vacía de ese hijo que no volverá, las ruinas de pueblo abandonado o la carta sin destinatario.

Agustí Villaronga, en cambio, es un experto en ello. Este experimentado realizador sigue extendiendo su sombra en un territorio nacional que continua de enhorabuena por estrenar cine con frescura y calidad, a pesar de las dificultades financieras. Hablamos aquí de su sombra, aunque su figura también haya crecido, porque si por algo se caracteriza su cine os por la lobreguez de sus escenarios y sus personajes, la frialdad de su ambientación y nitidez de su dirección. Aunque hayan pasado ya tres décadas desde que dejara sin respiración a público y crítica con el intrincado thriller Tras el cristal (1987) -su primer largometraje-, su cine ha mantenido una coherencia evolutiva aferrada al desarrollo de sus personajes en entornos muy concretos, donde él se muestra cómodo manejando todas las variables posibles.

Tras El mar (2000) y Pan negro (Pa negre, 2010), Incierta gloria (Incerta glòria, 2017) es el último título que el director mallorquín nos trae como parte de su personal trilogía sobre la Guerra Civil. Basada en la novela homónima de Joan Sales (una de las novelas españolas más aclamadas sobre este espeluznante fragmento histórico), la cinta transforma el extenso relato y sus personajes para hacerlos propios y conseguir hablar en tan sólo dos horas de la fragilidad de la vida en la época o la crudeza del entorno aragonés suspiros antes de dar comienzo una de la batallas más crueles del periodo.

Con un guion sin un protagonista firmemente definido, Villaronga deja aflorar su faceta de trilero para construir los enredos de la trama basándose en tres férreos personajes; dos amigos que resultan casi antagónicos y una enigmática viuda. El lugar escogido para este relato de personajes es un pequeño pueblo aragonés, escenario decadente dominado por la Carlana (Nuria Prims), donde Lluís (Marcel Borràs) debe hacerse valer como general republicano mientras se enfrenta al embrujo de la dueña de las tierras, quien comienza a turbar su razón a pesar de las advertencias de su carismático compañero, Juli (Oriol Pla). De este modo se lanza una tragedia de deseos prohibidos, frágiles anhelos, reproches guardados y venganzas que acechan. Estos sentimientos son a menudo fácilmente reconocibles en algunos planos magistrales a través de reflejos, sombras, detalles y destellos; permítanme remarcar aquí la elegante escena del metro de Barcelona.

© Massa d'Or Produccions

© Massa d’Or Produccions

Observando el resultado final descubrimos que el drama circunstancial de un pequeño territorio sobrepasa en esta ocasión la magnitud de la Guerra Civil, consiguiendo un relato intimista que bien podría haber sido de otra época y en otro lugar, en el que las cifras históricas pasan a tener rostro y nombres propios, y las estrategias militares se fraguan en la cotidianidad del frío valle aragonés. Aun así, son de agradecer también las imágenes documentales en los créditos finales, utilizadas para devolver la mirada a una perspectiva nacional del conflicto.

Por suerte para nosotros, la película se aleja del fácil discurso político, y prefiere utilizar a la muerte o la crueldad como personajes para poner constantemente a prueba valores como la fraternidad, la lealtad o la maternidad. Los espectadores, por su parte, nos encontramos con sentimientos enfrentados al disfrutar de tal crudeza gracias a su forma y sus interpretaciones, entre las que tendremos que decantarnos por destacar a la arácnida transformación de Nuria Prims en la desdichada y arpía Carlana; esteremos atentos a futuros galardones.

Por Carlos Durango