Hay películas en la vida que golpean tan fuertes, ¡yo no sé!. Obras que como un heraldo negro anuncian toda una vida de leyenda, que las acompañarán para siempre en sus críticas y halagos, particularidades que hacen que sus títulos rompan la cuarta pared del celuloide y pasen a ser elementos vivos de la sociedad, referencias constantes de los temas que tratan. De todo esto hablamos cuando nos referimos al clásico del terror La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1968).

Roman Polanski, uno de los mejores directores de todos los tiempos, y posiblemente el mejor europeo con permiso de Hitchcock, dio el gran salto a la industria hollywoodiense haciendo las cosas como a él le gustan: con riesgos. Para su bautismo de fuego en la Meca del cine el polaco decidió perpetuar su imagen de director de rarezas y se lanzó a la aventura de rodar un filme de terror psicológico, en el que la brujería, la magia negra y algunos de los clichés de la sociedad americana de la época llevan a una excepcional Mia Farrow a ofrecernos una de sus mejores actuaciones, y algunas de la imágenes más icónicas del género.

CLÁSICO DEL TERROR

La puesta en escena, la música tenebrosamente infantil, los movimientos de la cámara, la apariencia jovial y hasta un tanto ridícula de los misteriosos vecinos ancianos, o incluso el cartel que promocionaba la película, han sido copiados hasta la saciedad (este último recientemente con la película de Darren Aronofsky Mother!). En España sufrimos la aberración de que básicamente nos destriparan el argumento de la película desde su título (creativos y censores franquistas entendieron, en un alarde de marketing, que La semilla del diablo vendería más y mejor, con dos cojones). Pero, además de estos componentes no formales que tanto influyeron el cine posterior del género, Polanski se distingue por hacer una cinta inteligentísima, con un ritmo demoledor, aportando todas sus inquietudes psicológicas: la opresión de una sociedad individualista, la incomunicación en la pareja, el fracaso profesional como vehículo para el homicidio, la comunidad como espectro manipulador; cuestiones todas que dejan un rastro indeleble que nos lleva hasta cintas más modernas como Quien puede matar a un niño (1976) La cura del bienestar (A Cure for Wellness, 2017) o la galardonada Déjame salir (Get Out, 2017).

El trabajo de Polanski en el guion, junto al autor de la novela en la que se basa el filme, Ira Levin, en el que realizaron un exhaustivo trabajo de recopilación de usos y costumbres en la brujería del pasado, consigue que el contenido que se narra en Rosemary’s este inspirado en casos reales, tamizados con el miedo de la época a la sectas, e influenciados por el movimiento hippie (los sueños y pesadillas de Rosemary son de lo más lisérgico) frente a la opresión reaccionaria de la comunidad de ese templo del horror en el que la película convierte al edificio Dakota.

EDIFICIO DAKOTA

Y por supuesto, como catalizador del mal, como amalgama de las esencias del terror, Polanski toma un vehículo tan mitificado como el edificio Dakota de New York. Este bloque de viviendas, que fácilmente podría estar edificado sobre un cementerio indio o sobre las puertas del infierno, tuvo entre sus más ilustres inquilinos a personajes no muy alejados del esoterismo y el horror como Aleister Crowley o Boris Karloff. Además de varios suicidios y muertes violentas, como el asesinato de John Lennon en su portal, se tiene constancia de que en este lugar se llevaron a cabo varios rituales de magia negra, hechos que inspiraron a Polanski para tomar a este bloque de viviendas con 150 años de antigüedad como un protagonista más de su película, y que para muchos fue la sentencia a muerte de su esposa, Sharon Tate, que sería asesinada salvajemente por la “familia” de Charles Manson apenas unos meses después de  que se finalizase su rodaje.

Y ahora, la gran pregunta que quizá no se resolverá nunca: ¿estamos ante la mejor película de terror que se ha rodado?. Por su influencia y su trascendencia podríamos decir que sí, que pelea el puesto con El Exorcista (The Exorcist, 1973). Pero hay una cuestión que debería preocuparnos más: ¿qué estará haciendo ahora mismo el bebé de Rosemary?.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader