Afortunadamente, desde hace ya algún tiempo nos llega de forma habitual cine del lejano oriente, y no me refiero al cine más “de festival”, con toques de solemnidad o crítptica filosofía, como puede ser el estilo de grandes como Zang Yimou, Hou Hsiao-hsien, Wong Kar-wai o el japonés Hirokazu Koreeda. Hablo del estimulante cine negro y fantástico impulsado, sobre todo, por la potente filmografía de Corea del Sur empezando por Old Boy (2003) del soberbio Park Chan-wook, I Saw The Devil (Kim Jee-won, 2010) o la reciente Train To Busan (Yeon Sang-ho, 2016). Pero claro, no todo lo que nos llega a Europa tiene la misma calidad y, particularmente en Japón, no todos son Takeshi Kitano (dejo fuera la animación y al estudio Ghibli).

El estudio Toho vuelve a recuperar al mito Godzilla de la mano de los directores Hideaki Anno y Shinji Higuchi y con Shin Godzilla nos traen la primera cinta del monstruo realizada por la productora desde 2004 (en 2014 lo volvieron a intentar en norteamerica). Si, en lo que a los orígenes del monstruo se refiere, volaban como telón de fondo los bombardeos atómicos de la Hiroshima y Nagasaki, aquí se respira la psicosis del desastre de Fukushima.

Comprendo que Shin Godzilla pueda hacer las delicias de los amantes del viejo monstruo, con su mezcla de parodia, comedia y cine de género, pero me da la impresión de que, con el nivel que nos encontramos en el cine oriental de estos días, resulta cansina, atropellada y sobre todo poco original. No encuentro en la cinta desarrollo de personajes; estos hablan y hablan sin parar, como queriéndonos mostrar una crítica del embrollado sistema burocrático nipón, sin embargo, para que eso fuese posible habría sido más adecuado definirse e ir en esa dirección sin complejos. Se queda a medio camino de la comedia y la presunta tensión de una película “de monstruos”, no hay innovación en su línea narrativa, y resulta monótona a pesar del aluvión de personajes que, finalmente, resultan carecer de importancia y de desarrollo; digamos que si querían hacer parodia les faltaban los emoticonos.

Acostumbrados a otros títulos como The Host de Bong Joon-ho, esta versión del mito nipón se queda corta y transmite sensación de cierto infantilismo y, a pesar de optar esta vez por reproducir a Godzilla mediante CGI (ordenador) y no de la manera tradicional, su puesta en escena acaba siendo cargante y realmente aburrida. En definitiva, está dirigida especialemente a los amantes del sub-género y me queda una sensación de oportunidad perdida por haber renovado a Godzilla en su regreso a casa. Una vuelta de tuerca se plantea necesaria porque por esta vía el universo de este clásico resulta completamente prescindible y muy, muy aburrido. Tal vez en mano de Hideo Nakata (Ringu, 1998) o Takasi Miike (Audition, 1999) hubiese sido algo completamente diferente.

Lo mejor: sus primeros diez minutos.

Lo peor: atropello no es sinónimo de ritmo.

Por Javier Gadea
@Javichul