Esto es ser hombre: horror a manos llenas. – Blas de Otero

A los 92 años nos ha dejado Claude Lanzmann, cineasta, escritor y periodista francés cuya obra ha estado inevitablemente relacionada con la Segunda Guerra Mundial, más concretamente con el exterminio de judíos por parte del infame nazismo. Sin embargo, entre todos sus trabajos, uno de enorme trascendencia permanecerá como monumental bandera de su legado: se titula Shoah, que en hebreo significa “catástrofe” y es como éstos denominan al Holocausto provocado por las medidas de la Alemania nazi. Lanzmann tardó casi once años en dar a luz una película que finalizó allá por 1985, siendo el resultado casi nueve horas y media de un hito del cine más doloroso.

Shoah no es el típico documental. No hay imágenes de archivo, esas imágenes terribles en blanco y negro que se rodaron tras la liberación de los campos. Tampoco hay música. Al principio todo esto me desconcertó, aunque al final las piezas van encajando poco a poco como en un rompecabezas brutal. Shoah es la narración con palabras de los supervivientes del Holocausto, pero no sólo de las víctimas, también de los verdugos y los testigos mientras es acompañada con un recorrido por los campos en tiempo actuales, ruinas donde ya sólo reina el silencio. A su vez, se da una participación curiosa del director, que realiza entrevistas de una forma muy activa y, en algunos casos, un poco chocante.

En Shoah no hay adornos ni concesiones al espectador. El realizador pregunta a los protagonistas de forma directa o mediante cuestiones que parecen superfluas e innecesarias, aunque en realidad está buscando el detalle. En algún momento del film, como cuando entrevista a un superviviente en Israel y éste llega a un punto en que no puede proseguir, Lanzmann le insta a continuar, insistiendo en la necesidad de profundizar. Cuesta entender el porqué mientras se produce un nudo en el estómago ante tal perseverancia implacable. El público pensará que está yendo demasiado lejos.

A un ritmo muy lento, la cámara surca los caminos embarrados de los campos, mientras testimonios de supervivientes, criminales y testigos se abren paso acompañando suavemente el trazado, como si fuera una música triste anudada al paisaje invernal. Quizá buscando que el espectador se traslade de su cómodo asiento y sienta el frío, los campos siempre son grabados en invierno como para que ese entorno grisáceo cobrase vida deliberadamente y nos calase hasta los huesos.

A través de cámara oculta, se oye a tipos inmundos contar cómo desnudaban a los judíos, a mujeres y a niños en pleno invierno, antes de ser trasladados a las cámaras de gas. Los guardias afirman que también pasaban frío porque sus uniformes no estaban “suficientemente preparados”. Seguidamente, Lanzmann interviene, como quién no quiere la cosa, para lanzar un “¿ellos más, no cree?“.  El tipo, que fue un soldado que sólo obedecía órdenes (la famosa y exculpatoria obediencia debida), asiente frío como el hielo. De manera parecida, el trabajo del director francés expone a testigos de la masacre que miraron hacia otro lado, la mayoría por miedo, otros porque no iba con ellos; los mismos que después ocuparon las casas de sus vecinos “ricos” y que fueron liquidados delante de sus ojos.

Y al final, las víctimas; nunca pensarían que podría ocurrirles algo así. Trabajaban, tenían familias, vivían en la vieja y rica Europa… Y entonces, lo comprendes. Reparas de nuevo en la perturbadora insistencia de Claude Lanzmann: en la época del documental las huellas del horror estaban recientes, apenas si habían pasado treinta años desde aquello. Ahora, setenta años después, cuando apenas quedan supervivientes, cuando las huellas físicas van desapareciendo, los testimonios que el documental recoge, de una dignidad apabullante, son lo único que nos queda. Y por ello Shoah es memoria.

Por Vienna Guitar
@Viennalua