Como una página en blanco, a la que el escritor mira con respeto, inspirado, y listo para comenzar un periplo creativo que le llevará al éxito, al fracaso, o a la simple intrascendencia, el cine resulta un lienzo que no pone límites a la imaginación del creador. Uno quiere pensar que, en el terreno de lo cinematográfico, y aun a riesgo de que el guión esté más o menos iluminado, cierto sector de la crítica y el público agradecerá (casi) siempre que la opción sea el atrevimiento con la finalidad de ofrecer algo diferente.

Etiquetada como “la película incomprendida” del pasado Festival de Cine de Cannes, Personal Shopper (2016) colocó en la palestra a un Olivier Assayas tildado por muchos de pretencioso y esnob, a la vez que la otra mitad de espectadores del certamen consideraban su propuesta como una de las jugadas más arriesgadas e interesantes de toda la sección oficial. Debe confesar el que les escribe estas líneas, que el film de Assayas le conquistó desde el principio, siendo uno de tantos agradecidos por el resultado global del film y, sobre todo, por sacar adelante el proyecto a pesar de saberse expuesto al linchamiento público.

Dejando clara la evidencia de que Personal Shopper no es un trabajo de fácil digestión y comprendiendo a aquellos que nunca empatizaron ni con sus personajes ni con su desarrollo, sí es necesario destacar que el director francés da la cara, muestra su personalidad y sus “manías” como autor (aquí acentuadas con lo que ello conlleva) y logra no dejar indiferente con esta historia sobre fantasmas (o la búsqueda de ellos), moda y nuevas tecnologías al servicio de la no siempre afable comunicación. El film de Assayas supone, para bien o para mal, una mezcla atípica de géneros que resulta magnética y turbadora, que juega con el público y no tiene miedo a la diversidad de lecturas, quizá, una de sus mayores virtudes.

Kristen Stewart, ligeramente encasillada en papeles con cierto perfil melancólico en los que encaja perfectamente debido a su físico endeble, sus movimientos pausados y su nostálgica mirada, protagoniza la película complementando su enigmática trama con un matiz místico que magnetiza su rol, convirtiendo al personaje de Maureen en el enlace idóneo no sólo con el más allá, sino con el propio espectador. Con su trabajo, Stewart da verosimilitud a un guión complejo y ambiguo que, en definitiva, vuelve a esta medium ocasional la clave que da acceso a la reflexión que el realizador hace sobre los fantasmas en esta nuestra sociedad, una turbia y anfibológica estructura piramidal temerosa del “otro barrio” y entregada al ectoplasma que vomitan las nuevas formas de comunicación.

Olivier Assayas, director de Las horas del verano (L’Heure d’été, 2008), Carlos (2010) o Viaje a Sils Maria (Sils Maria, 2014), rueda con clase y la elegancia características de su filmografía, logra inquietar con la puesta en escena durante las secuencias que se inclinan por el terror más clásico y descompone al espectador atento con sus sugerentes virajes a lo largo de todo el proceso de transformación de Maureen, de elegida por los espectros a casi testigo de un asesinato. Las diferentes capas de la película hacen de ella una cinta plural en su argumento y plural en su percepción, como lo son y serán las opiniones vertidas sobre el resultado en su conjunto. Innegable es, por tanto, la valentía de Assayas al saltar al vacío, un triple mortal que no todos están dispuestos a dar. Pues aquí uno que aplaude al final del ejercicio.

Lo mejor: los diferentes estratos del film que dan lugar a sus diversas lecturas.

Lo peor: su atípica mezcla de géneros descolocará a más de uno.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum