Los hermanos Esteban Alenda dan el salto lógico al largometraje tras un bagaje, largo y trabajado, en el mundo del corto. Los buenos resultados en este terreno podrían comprobarse con el Goya al mejor cortometraje de animación en 2009 por La increíble historia del hombre sin sombra y su posterior nominación al mejor corto de ficción en 2011 (El orden de las cosas).

Javier (Javier Rey) ha construido una máquina del tiempo con el esfuerzo de toda una vida entregada a la investigación. Viajará en el tiempo para intentar salvar su vida en pareja junto a María (María León) recreando su primer  día juntos; tiempos de juventud y aperturismo a nuevas experiencias que les puedan sacar del abandono personal en que se hayan.

Con una mirada personal, alejada de convencionalismos, conscientes de lo ajustado de su presupuesto, los Alenda deciden no dejarse caer en la tentación del mainstream (para lo bueno y para lo malo) en esta su primera película. Sin fin (2018) utiliza los tan manidos (y por otro lado tan interesantes) viajes en el tiempo para contarnos una historia de pareja mucho más cercana al drama romántico y sentimental que a la ciencia ficción.

El film utiliza continuos saltos temporales para exponer el desgaste tanto personal como sentimental de la pareja. El dolor de las malas decisiones y del irremediable paso del tiempo lleva a ambos personajes a no encontrarse ni escucharse, a perder de vista los objetivos comunes y a elegir caminos que, implacablemente, erosionarán la vida en común. El personaje de Javier (mucho más cercano a un arquetipo de claros tintes del anime japonés) cede todo el peso narrativo a María -una destacable María León– que con las dos líneas temporales en las que se maneja su personaje, muestra todo lo alegre e irracional del primer gran amor, mientras que, por otro lado, también refleja el dolor, el deterioro y abandono del que no ve salida ni alternativa dentro una existencia agónica.

La valentía y firmeza en la visión de la trama por parte de los directores se ve lastrada por un exceso de almíbar y previsibilidad a lo largo del metraje, provocando en el que escribe pérdida de interés y, por momentos, aburrimiento ante ese amor irracional y un tanto infantil de los protagonistas, tal vez lastrados por una historia con ausencia de grises que recuerda más a un affaire de adolescentes que a la compleja vida adulta.

Lo mejor: María León.

Lo peor: Cierto tono sensiblero y previsible.

Por Javier Gadea
@javiergadea74