A muchos les gusta calificarla como la “fábrica de los sueños”: ese lugar en el que todo es posible, en el que fantasía y diversión son orden del día y en el que no existe desdicha alguna. Y es que The Walt Disney Company, esa millonaria compañía que toma prestado el apellido del genio que hace ya casi un siglo la fundó, no sólo es un referente cultural y uno de los mayores gigantes de la industria del cine, sino una de las entidades que – muy probablemente – más ha invertido en imagen y fama a lo largo de su historia. Por esto mismo, y teniendo en cuenta la reciente adquisición de Pixar, Marvel y Lucasfilm, se puede hacer difícil imaginar que Disney estuvo, a lo largo de los años ochenta, al borde del colapso artístico y económico.

Es, en ese lapso de tiempo, en el que Don Hahn, productor de La Bella y La Bestia (Beauty and the Beast, 1991) y – entre otros – El Jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame, 1996), decidió centrarse para construir la que hoy es Waking Sleeping Beauty (2009), un documental que presenta la historia de cómo la animación estuvo a punto de desaparecer de la factoría del ratón para, sin embargo, terminar saliendo reforzada del bache con una de las épocas más prolíficas de la compañía: el llamado Renacimiento Disney.

Todo comenzó en los años ochenta, época en la que los filmes en imagen real y los parques temáticos iban poco a poco robando protagonismo al que una vez fue el alma de la compañía: la animación. Mientras esto ocurría, en los pasillos del departamento de animación – paradójicamente frecuentados por viejas glorias de la industria y jóvenes entusiastas entre los que se encontraban los ahora legendarios Tim Burton, John Lasseter, Glen Keane y Ron Clements – se respiraba tensión. Con el desastre económico que fue Taron y El Caldero Mágico (The Black Cauldron, 1985), el éxito de taquilla que supuso Splash (Splash, 1984), la partida de gran parte del equipo de animadores y la posterior reubicación del departamento con la llegada al trono de dos empresarios ajenos a todo el proceso de crear clásicos animados, el futuro del legado de Walt no era del todo prometedor. Sin embargo, antes de que los cimientos del imperio terminasen de hundirse, el barco fue abordado por una serie de individuos que llenaron esos pasillos de creatividad, ilusión y ganas de hacer más y mejor cine. Y es que el entusiasmado Peter Schneider y los hasta entonces frecuentadores de los escenarios de Broadway Howard Ashman y Alan Menken, comenzaron una revolución artística que dejó su huella en La Sirenita (The Little Mermaid, 1989), La Bella y La Bestia (Beauty and the Beast, 1991), Aladdín (Aladdin, 1992) y El Rey León (The Lion King, 1994), títulos por los que la compañía volvió a hacer historia.

© Stone Circle Pictures / Walt Disney Studios Motion Pictures

© Stone Circle Pictures / Walt Disney Studios Motion Pictures

Ahí mismo es donde Waking Sleeping Beauty termina su viaje: en el espectacular despertar de la compañía. Para alcanzar su objetivo, Don Hahn no escatima en detalles y ofrece a los espectadores una vuelta al pasado de ochenta minutos de duración en la que podemos ser testigos de los infortunios y desacuerdos a los que se enfrentaron los trabajadores, los desastres en taquilla, los bocetos tirados a la basura, los avances tecnológicos, las fiestas, las horas extra… Absolutamente todo lo que uno pueda imaginarse presentado en forma de grabaciones de los estudios de animación nunca antes vistas, declaraciones de los altos cargos de la compañía, noticias del telediario y – entre otros – dibujos. Muchos dibujos. Es semejante el material que se ofrece, que al final Waking Sleeping Beauty funciona como una buena lección de historia que no sólo debería entusiasmar a los fanáticos de Disney o a los cinéfilos que quieran conocer más sobre el funcionamiento de la industria y – por supuesto – el proceso de realización de una película de animación, sino a todo curioso dispuesto a ver un documental de calidad.

Y es que, a pesar de que Waking Sleeping Beauty se centre en una circunstancia que muchos podrían calificar como trivial, Hahn, además de haber construido una obra de muy decente calidad, dota a la película de una humanidad y sensibilidad especial, permitiendo al espectador fundirse con la historia, experimentar la frustración de los animadores, la ambición de los empresarios y la tristeza que sintió todo un colectivo de profesionales ante el devenir de Howard Ashman: el principal responsable de este grandioso Renacimiento, el alma de La Sirenita, el corazón de La Bella y La Bestia y la figura que ha inspirado a toda una generación de animadores que, aún hoy, quieren mantener viva la llama que él y Menken encendieron en aquellos años de crisis. Impagable.

Por Nicolas G. Senac