Pedazo de invento la gaseosa, macho”, “Tralarí, tralarí”, “Papi, papito”, “Full de negros chinos”. Si no conoces ninguna de estas expresiones, debo decirte que te has perdido una joyita del cine español: El Milagro de P.Tinto (1998), un universo surrealista y paralelo pero terriblemente nuestro.

P. Tinto tiene un sueño desde su más tierna infancia: encontrar a una buena esposa con la que poder formar una numerosa y feliz familia. Con bondad, paciencia y amor, irá descubriendo que todos sus sueños se van convirtiendo en realidad (a su manera) y también los de todos sus seres queridos… Así contado, parece que estemos ante un cuento Disney, pero nada más lejos de la realidad, nunca mejor dicho, porque la realidad se desdibuja constantemente en esta deliciosa astracanada, con un guion hilarantemente ingenioso y unos recursos cinematográficos para nada desdeñables. A ver cómo consigo yo describiros este universo.

P. Tinto tiene tan claras sus ideas que encontrará a su compañera ideal ya en el colegio: Olivia, una niña espabilada, amante de las ranas y ciega… de amor maternal. Con los años se casarán, conseguirán una modesta pero coqueta casita y se pondrán manos a la obra para cumplir sus sueños. Pero se ve que en la escuela no les dieron clases de sexualidad. Sus intenciones son buenas, aunque la práctica no acaba de funcionar. Pero la fe en San Nicolás, a la que Olivia siempre se encomienda, hará que lleguen los primeros retoños en forma de pequeños marcianos con un acento más castizo que el chorizo, sí, pero retoños al fin y al cabo.

Permitidme un desvío momentáneo para destacar grandilocuentemente a uno de estos avispados entes del espacio exterior: Javier Aller, fallecido recientemente. Todas sus apariciones son desternillantes por su espontaneidad y por esa forma tan suya y macarra de hablar. Desprende Metal incluso ataviado con su esquijama rosa.

Siguiendo con la historia, los P. Tinto no acaban de ser felices del todo. De hecho, Olivia tiene un nudo en el estómago permanente que parece imposible de deshacer. Por eso, y con la fe puesta en San Nicolás, deciden adoptar a un adorable negrito que llegará a sus vidas en forma de gigante perturbado mental: Joselito (Pablo Pinedo).

Javier Fesser consigue crear un mundo completamente retro (palabra muy manida para describir etapas o elementos antiguos, incluso casposos): el Padre Marciano (Tomás Sáez) impartiendo clases de catecismo, borrador en mano, siempre dispuesto a ser lanzado; el NODO, que nos muestra a esa típica familia opusiana, de innumerable prole, que cuenta hasta con su propio niño prodigio al más puro estilo Joselito; los productos MI KASA (una referencia nostálgica a ACME); Eurovisión en blanco y negro (escena en la que por cierto Olivia consigue deshacerse por fin de su nudo estomacal); y una banda sonora memorable gracias a Suso Sáiz. Al mismo tiempo, El Milagro de P. Tinto es una obra castizamente futurista, con sus extraterrestres, sus naves espaciales e incluso la NASA, en una grotesca alusión a E.T.: El extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982).

El recientemente fallecido actor Javier Aller © Paco Torrente / EFE

Pero lo que más me alucina de este diamantito en bruto es que, pese a su hilarante guion y sus grotescos e incluso desagradables personajes (la imagen de Joselito en la bañera es de una sordidez importante), durante toda la película subyace una ternura que se acrecienta con el P. Tinto más adulto (enorme Luis Ciges). Su paciencia, bondad e inocencia, enternece al corazón más duro e incluso nos deja al borde de la lagrimilla cuando se despide, orgulloso, de su querido hijo negro Joselito en una bonita escena crepuscular.

Así, El Milagro de P. Tinto se convierte en una obra de imprescindible visionado: imprevisible, tremendamente original y bien trabajada (Premio Goya a los Mejores efectos especiales y nominada a Mejor director novel). Y yo, personalmente, estaré eternamente agradecida al señor Fesser por haberla disfrutado en el cine junto a mi padre. Aún puedo oír sus carcajadas.

Por Adriana Diaz