¿Puede un solo plano dar sentido a toda una película? A la vista del último largometraje de Hirokazu Kore-eda, la respuesta parece afirmativa. Y no es que la sublime imagen en la que culmina la obra sea el único elemento valioso. Todo lo contrario: su poder reside en la capacidad de sintetizar visualmente el complejo discurso que plantea el film. El tercer asesinato (Sando-me no satsujin, 2017) comienza con un crimen, una escena a la que se volverá repetidas veces a lo largo de la investigación posterior. En la preparación para el juicio, el abogado del culpable confeso comienza a indagar en las motivaciones y el pasado de su cliente, y en el contexto social y familiar que rodea al caso.

Alejándose solo en apariencia del drama familiar al que parece adscrito, el japonés se adentra en un thriller judicial en el que las vicisitudes legales quedan poco a poco en un segundo plano, a medida que cobra protagonismo la noción de justicia como un concepto distinto al de la ley. Y, por encima de todo, se adueñan del relato y de la puesta en escena las encrucijadas, las superposiciones y las multiplicidades: este es un film que plantea problemas morales como cruces de caminos, y que cuestiona profundamente el carácter unívoco de la ‘verdad’. El presunto asesino sobre el que se centra la trama se define a sí mismo como “una vasija vacía”, sobre la que volcar esa realidad caleidoscópica, llena de versiones y posibilidades.

Y, bajo ese MacGuffin que trae consigo interrogatorios, burocracia, pesquisas y una dosis de saludable intriga, siguen palpitando cuestiones paternofiliales, también desdobladas y caleidoscópicas: la complicada relación del abogado con su propio padre ejerce como vértice y punto focal emocional frente a las relaciones del asesino y la víctima con sus respectivas hijas.

Por eso es tan poderosa la imagen en la que Kore-eda condensa todas estas reflexiones: un plano que es a la vez reflejo, superposición, inversión… y también identificación de un individuo con otro… y en tercer lugar, y por encima de todo, la representación visual del ser humano como recipiente hueco, como depósito para esa verdad múltiple e inconstante, mutable y susceptible de ser moldeada para adaptarse a posturas éticas diferentes, quizá hasta incompatibles entre sí. Un plano donde cristaliza el planteamiento moral de El tercer asesinato en todo un ejercicio de pensamiento cinematográfico puro.

Lo mejor: Su capacidad para plasmar una reflexión moral en términos visuales.

Lo peor: Que pueda verse como una obra menor en la filmografía de Kore-eda por adscribirse al cine de género.

Por Juanma Ruiz
@JuanmaRuizP