Ardua tarea debe ser adaptar al celuloide un videojuego a tenor de los resultados artísticos de la mayoría de las propuestas. Desde primeras adaptaciones como Super Mario Bros (1993), Street Fighter (1994) o Double Dragon (1994), hasta más recientes como Assassins Creed (2016), el resultado ha dejado mucho que desear, pues en el sensible cambio de lenguaje reside el meollo de la cuestión; situaciones o circunstancias que se dan por válidas dentro del mundo “gamer” no se sostienen en el idioma cinematográfico.

Por supuesto, el relato es importante en los videojuegos, es lo que hoy en día los hace atractivos, aunque lo crucial ahí es el tiempo real en el que el entretenimiento se desarrolla. Precisamente, eso en la gran pantalla no es lo único que cuenta. En el tránsito al cine debe completarse un guion, hacerlo robusto, dibujar con trazo fino personajes con antecedentes y conflictos que en el universo del jugador, en la mayoría de las ocasiones, son demasiado elementales o básicos. Así que, con estos aspectos sin pulir, ahora nos volvemos a encontrar con otro reboot, el de Tomb Raider, dirigido sin brillantez ninguna por el noruego Roar Uthaug.

La actriz Alicia Vikander da vida a la rebelde Lara Croft, que vive alejada de su vida acomodada como hija del millonario y aventurero Richard Croft (Dominic West) trabajando como mensajera en Londres. Tras siete años desde la desaparición de su padre y tras ser dado por muerto, Lara decide hacerse cargo de las empresas de la familia. Durante la lectura de testamento descubre un mensaje oculto de su progenitor, por lo que viajará a una remota isla para intentar resolver su teórico fallecimiento.

Desde el principio de la película todo sucede con pasmosa facilidad y mediante la arquitectónica (y forzada) lógica de muchos videojuegos, es decir, casi ninguna. Los personajes son huecos y las relaciones entre ellos tienen un origen y un desarrollo atropellado e incoherente. Las cosas parecen suceder porque sí. Se dan continuamente situaciones inverosímiles y extrañas que que se resuelven de la peor -y única- manera posible en este caso: tópicos y lugares comunes (saludo especial entre padre e hija, la forma de llamar a Lara, etc), que no aportan otra cosa que la de dar paso a previsibles sucesos venideros. Lo primordial del film consiste en ir pasando etapas como si fuesen pantallas en la consola, lo que hace que se pierda el interés -si es que alguna vez lo hubo- y se roce lo sencillamente vergonzante. La acción está por encima de la historia, situándose más cerca de Fast and Furious (2001) que de cualquier entrega de las aventuras de Indiana Jones.

Si algo puede valorarse positivamente de este desaguisado, es la imagen de Lara Croft, que aparece mucho menos sexualizada. Sin embargo, continúa resultando una figura esculpida por una visión masculina -para una audiencia masculina- de la heroína del videojuego. Para la desesperanza queda la oportunidad perdida de aportar algo nuevo al personaje desde un punto de vista más basado en la fuerza femenina y real que en la de un machirulo sin un ápice de capacidad sorpresiva. Desde luego, una opción que, en el conjunto, se vuelve mucho más aburrida.

Lo mejor: Seguramente, Alicia Vikander.

Lo peor: La nula capacidad de innovar.

Por Javier Gadea
@javiergadea74