No son muchas las ocasiones en las que Studio Ghibli, la conocida factoría de animación nipona fundada por Hayao Miyazaki, colabora en proyectos fuera de Japón. Es por ello que la llegada de La tortuga roja (Michael Dudok de Wit, 2016) a los diferentes festivales durante el curso pasado despertaba la curiosidad de propios y extraños por ver cómo se las habían apañado para realizar una película en el viejo continente sin que la influencia del estudio fuese lo suficientemente fuerte como para dejar sin rasgos distintivos una creación ajena al laureado y genuino estilo Ghibli. Para esta ocasión, la asesoría artística llegó a cargo de la mano derecha de Miyazaki: el talentoso Isao Takahata.

El brillante resultado, que pudo verse en Cannes (Premio Especial del Jurado ‘Un Certain Regard’) o en San Sebastián, no dejó indiferente a nadie, como era de esperar. El trabajo de Michael Dudok de Wit y la colaboración creativa del estudio japonés no pudo ser más fructífero, pues el film resulta un bellísimo ejercicio de composición, que aúna la animación más puntera, las virtudes imperecederas de la tradicional y la partitura realizada por Laurent Perez del Mar, los brazos en los que se mece esta fábula sobre la soledad primero y el imprevisible ciclo de la vida después.

Disfrazada de hermosa sucesión de escenas, La tortuga roja es una compleja narración que, sin un solo diálogo, invita a disfrutar de la tremenda poética de sus imágenes, verdadero punto fuerte del film. Dudok de Wit, ganador del Oscar en el año 2000 por su cortometraje Father and Daughter, entra en la historia del largometraje por la puerta grande y, sin demasiado ruido, como su película, conquista nuestros corazones con esta historia sobre un naufrago al que el destino, y una enorme tortuga, no permiten abandonar una isla a la que cree no pertenecer. Y así, con una sencilla pero enigmática premisa, es como el equipo del film despliega un sorprendente abanico de recursos creativos en los que, como no podría ser de otra manera, priman los detalles que han caracterizado siempre a Studio Ghibli; personajes, movimientos y la conjunción perfecta entre el hombre y la Tierra, son, junto a su fantástica banda sonora, los puntos fuertes de este deslumbrante cuento.

Hipnótica y fascinante, La tortuga roja es uno de los grandes alicientes de estos días para acudir a las salas, y es que no todas las semanas el cine nos da la oportunidad de ver en pantalla grande semejante espectáculo. El sentido de la existencia pasará por nuestros ojos a través de este naufrago desolado al que el destino parece haberle jugado una mala pasada y que, sin embargo, encontrará en su desgracia, y en su propio entorno, no sólo la magnificencia y complejidad de la naturaleza, sino el verdadero significado de aquello que nos ocurre en momentos determinados de nuestra vida y que la cambian para siempre.

Lo mejor: la poética de sus imágenes y la influencia de Ghibli.

Lo peor:  las reticencias que surgirán por la ausencia de diálogos.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum