Si hay algo que mejor caracteriza a Vaiana (Moana, 2016) son los fuertes ecos a los musicales clásicos de la animación Disney que la acompañan durante todo el metraje. Pero no, no estamos ante un nuevo producto de la fábrica de sueños al que colgarle la etiqueta “más de lo mismo”Vaiana posee voz propia y la solidez de un proyecto que nada tiene que envidiar a sus predecesoras. John Musker y Ron Clements aciertan al construir esta historia de héroes (heroína en este caso y ¡seamos justos con el género!), empeñados en encontrase a sí mismos en un mundo ideal ya que sienten que en el suyo no terminan de encajar. Y hasta aquí las similitudes más obvias con la obra de estos directores que encuentran en la urgente situación medioambiental y la reivindicación feminista sobre la representación femenina en pantalla la forma de distanciarse de sus anteriores largometrajes, actualizando, ya sea de paso, el  discurso de descubrimiento personal que los acompañaba.

Vaiana, Moana para aquellos que sigan despistados con el cambio de título en nuestro país, protagoniza esta odisea superando la etapa de ingenua inmadurez que identificaba a la joven Ariel (La sirenita, 1989). Los directores de Hércules (1997) crean las condiciones necesarias para que ese viaje transoceánico se convierta en una búsqueda interior de autoafirmación donde el contexto, lejos de legitimar, impulsa y estimula al autoconocimiento. Si Hércules se codeaba con ninfas y dioses del inframundo para demostrar su valía y Ariel, entre arrecifes de corales y cangrejos bailongos, soñaba con salir de debajo del mar, Vaiana surca el Pacífico aceptando ser la elegida, no como una imposición inevitable sino como el camino a la determinación del carácter. Musker y Clements realizan su primer largometraje enteramente en animación digital (a excepción de la animación tradicional de los tatuajes del corpulento Maui) dada la trascendencia del paisaje en el que trascurre la historia y su intervención directa en la trama (destaca la animación del océano como personaje, clave en  el desarrollo de la acción y responsable de algunos de los mejores gags de la cinta).

El resultado es un escenario que respira realismo, sin renunciar a los tintes mágicos que acompañan a las tradiciones orales sobre los marinos polinesios en las que se basa el relato, para conectar directamente con la situación actual de nuestros días. El equilibrio no es únicamente aquello que restablecer dentro de la narración, sino la clave del éxito de Vaiana en la que parece que todo funciona y se complementa, desde sus personajes:  Vaiana y Maui destacan no solo por la expresividad de su animación, sino por su complicidad y comicidad, y por unos personajes secundarios entre los que destacan los kakamora, seres cocoteros que parecen sacados del apocalíptico Mad Max; hasta la banda sonora de Lin-Manuel Miranda con fuerte influencia de la música tradicional de la Polinesia, y números musicales cargados de humor e ingenio visual.

Ciertamente, Vaiana no es “más de lo mismo”. Quizá sea una cuestión de actualización del relato que más tiene que ver con un cambio de mentalidad política y social. Superada la época de princesas (la propia Vaiana rechaza esta etiqueta), de fama (el tormento de Maui), de tesoros enterrados (la codicia que rompió el equilibrio en el Pacífico), un reto sobresale por encima de los demás: superar la legitimación cultural de linaje (e incluso de rol de género) para encontrar la humanidad que subyace tras cualquier constructo social.

Lo mejor: lo oportuno de la magia de siempre en estos cínicos tiempos que corren.

Lo peor: que la insistencia en algunos gags acabe restando fuerza cómica.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa